Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
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Atentamente,
Plácido Fajardo

Cinco consejos para elegir el socio ideal

Seguro que conoce a algunos profesionales que abandonaron un buen día el entorno corporativo para emprender proyectos propios. El mundo del trabajo está cambiando a la velocidad del rayo y la fórmula tradicional por cuenta ajena hace tiempo que comenzó a dar paso a otras mucho más flexibles y ágiles. Ocurre a menudo en los servicios profesionales, como el asesoramiento o la consultoría en asuntos de negocio, jurídicos, tecnológicos, financieros, etc., servicios considerados 'intuitu personae', o sea, por razón o en consideración de la persona y basados, por tanto, en las capacidades de quien los proporciona.

Aquellas reticencias de las empresas que solo contrataban servicios externos con las grandes firmas conocidas, que salvaran a base de 'branding' la responsabilidad del contratante si la cosa fallaba, se han ido difuminando. Ahora se busca, sobre todo, a quien realmente aporta, a quien se lo sabe y lo hace bien a un coste competitivo.

Los ecosistemas que rodean a las empresas en sus respectivos sectores de actividad están plagados de pequeños, pero superespecializados, proveedores que aportan un 'expertise' diferencial, cualificado y de alto valor para quien los contrata de manera flexible, por proyectos. A ellos han ido a parar muchos directivos o profesionales de talento que un buen día salieron de la rueda convencional corporativa y asumieron el precio de cambiar estabilidad por libertad.

Precisamente hace unos días me comentaba una amiga que eligió este cambio hace unos años su nuevo proyecto, para el que había elegido a una socia. Es frecuente recurrir a compañeros de viaje en los que apoyarse y con los que compartir penas y alegrías. Pero acertar en la elección es una cuestión tan importante que puede depender de ella el éxito o el fracaso del proyecto, su continuidad o su ruptura temprana. Es aconsejable, en lo posible, darse un periodo de prueba previo por ambas partes con el fin de confirmar expectativas mutuas, antes de formalizar la vinculación.

Si es usted una de esas personas que están pensando en elegir socios para emprender juntos, me permito darle algunos consejos por si pudieran ayudarle, teniendo en cuenta que no me refiero al mero socio financiero, sino al compañero de fatigas con el que estar codo con codo en la labor cotidiana.

1. Complementariedad

Tener un socio significa, sobre todo, sumar, y lo ideal es que uno más uno sean más que dos. Por eso, en materia de conocimientos o experiencia, no es aconsejable buscar clones, tentación habitual a la que sucumbimos, sino complementariedad. Abarcar espacios diferentes proporcionará una amplitud mayor y enriquecerá el proyecto, además de evitar incómodos solapes en materia de relaciones, 'expertise' o posicionamiento frente al mercado.

2. Generosidad

Compartir con un socio es la prueba de fuego en materia de generosidad, toda una actitud ante la vida, que no solo hace referencia al aspecto crematístico. Por supuesto el capítulo económico es básico, genera la mayoría de las posibles discusiones y requiere de los mayores consensos.

Pero voy más allá de eso. Las personas generosas, desprendidas, no van anteponiendo el interés económico propio ante todo lo demás, y eso se nota a las primeras de cambio. Un cierto despegue de lo material ayuda mucho a la hora de llevar la sociedad en armonía, y a elevar la mirada por encima de las pequeñas cuestiones puramente económicas. Generosidad también en el esfuerzo, en la dedicación y en la actitud.

3. Compromiso y lealtad

El compromiso requiere poner todos los recursos posibles a favor de la causa conjunta. Hay que demostrarlo frente a los demás y es algo que se percibe fácilmente, sobre todo su ausencia. Dedicar todas las energías posibles y hacerlo con ilusión es una condición 'sine qua non', como también exhibir una vinculación emocional con el proyecto.

La lealtad implica no hacer nada que pueda perjudicar a la sociedad, y mirar por el interés conjunto tanto como por el individual. También requiere ser solidario con las decisiones que se adopten y actuar de buena fe.

4. Afinidad personal

El socio tiene que ser alguien con quien nos apetezca estar, con quien nos sintamos a gusto. Llamémosle afinidad, sintonía, buena química, da igual cómo definirlo, pero saben a qué me refiero. Si limitamos la relación a lo estrictamente profesional, sin haber de fondo una buena, incluso muy buena, relación personal la cosa puede quedar un poco coja.

No es nada fácil la vida en el seno de una sociedad profesional en la que se comparten tantas cosas. El motivo más frecuente por el que los proyectos descarrilan es el que afecta a las relaciones entre los socios, tradicional objeto de disputas y desavenencias. Una buena relación personal puede convertirse en la mejor pértiga para saltar el mayor de los obstáculos.

5. Admiración

Esto fue algo que me dijo un amigo hace años. A los socios, además de respetarlos, hay que admirarlos de alguna manera. Ya sea por la trayectoria demostrada, por las capacidades que poseen, sus conocimientos, sus habilidades o sus valores, es muy bueno que exista una mutua admiración. Es algo que se traslada hacia fuera y contribuye a elevar la reputación del proyecto en su conjunto y de quienes lo sostienen.

El viaje que supone emprender un proyecto propio va a ser cada día más habitual. Hacerlo en soledad, como dice el célebre proverbio oriental, nos permitirá ir más rápido, pero hacerlo en compañía nos permitirá llegar más lejos. Acertar en la elección de los compañeros es el primer paso para convertir esa experiencia en una de las más fructíferas y satisfactorias de nuestra vida. Pero ahora lo que toca son las vacaciones, así que les deseo que descansen y las disfruten todo lo que sea posible.

Aparcamiento de directivos

La gran mayoría de nuestros hijos tendrán durante sus vidas un número de empleos que no se parecerá, ni de lejos, al que tuvieron nuestros padres. Si en el mundo del trabajo en que vivimos ya nada es para toda la vida, en el futuro que está llegando las entradas y salidas de personas en las organizaciones va a ser un tráfico continuo y creciente.

Ante este escenario de imparable rotación, las empresas intentan afinar sus mecanismos de atracción y selección, poniendo cada vez más recursos e inteligencia —natural y artificial— en captar los mejores y más adecuados perfiles para los nuevos tiempos. Hasta aquí, perfecto.

Pero luego tenemos la otra cara de la moneda en las rotaciones, la parte más fea, a la que se dedica menos atención y es menos agradable: las salidas. Ya sea por motivos de eficiencia, de falta de adaptación, bajo rendimiento o como depurativo de la organización, las salidas son imprescindibles. Para el profesional, se trata de uno de esos momentos de la verdad que dejan huella. Para la organización, el mero hecho de cómo decidirlas y la manera de abordarlas son signos identitarios, que retratan su cultura y su política de gestión de personas

Si hablamos de los directivos, la cosa es aún más evidente. El nivel de exigencia en el rendimiento y los resultados se eleva a veces hasta las nubes. La exposición política en los órganos de gobierno se multiplica, y también los riesgos. Están más cerca de las batallas de poder, las afinidades y confianzas personales con sus filias y fobias están a la orden del día. Como consecuencia de todo ello, el directivo resulta ser altamente vulnerable y cambia de organización más a menudo, con carácter general.

Pues bien, lo lógico y deseable sería que las salidas de directivos se llevaran a cabo de la manera más civilizada posible, incluso aunque no se compartieran los motivos, cosa frecuente. El acuerdo debería ser la fórmula habitual y la desvinculación indemnizada el procedimiento utilizado, como medio para poner fin amistosamente a una relación profesional que ha estado presidida por la confianza, la dedicación y el compromiso, en la gran mayoría de los casos.

Pero hay otra fórmula mucho menos recomendable: el aparcamiento. Consiste en dejar al profesional en una especie de vía muerta, alejarle de los puestos de mayor impacto y colocarle donde menos estorbe, en una especie de arabesco lateral, con un contenido limitado y de incidencia tan escasa como rimbombante pueda ser el título del puesto que le adjudiquen.

Incluso cabe aparcar a alguien hacia arriba mediante una especie de promoción ficticia, como es la denominada 'sublimación percuciente'. Se trata de un ascenso meramente ilusorio, que va acompañado de un alejamiento de la línea decisoria o ejecutiva y pérdida de poderes; tipo jarrón chino, vamos.

El aparcamiento puede obedecer a diversas razones. Unas veces se hace con las mejores intenciones, como mal menor que evite el trauma del despido al interesado. Otras, para no afrontar el coste de la indemnización correspondiente, que no se está dispuesto a abonar. En este segundo caso, se intenta aburrir a la persona hasta que opte por marcharse voluntariamente, o sea, gratis 'et amore'. Estos casos a veces terminan con una demanda en el Juzgado de lo Social, para acabar conciliando el asunto ante su señoría, con el desgaste que ello ha producido ya para ambas partes.

Sea por uno u otro motivo, la consecuencia es que el directivo aparcado vaga como alma en pena por los pasillos, sabiéndose menoscabado en sus funciones para escarnio público y notorio. La empresa paga religiosamente su salario a cambio de una contribución escasa o mínima, para cabreo del respetable.

El aparcamiento de directivos —o de profesionales, en general— es una de las patologías organizativas menos deseables. El interesado cae en el descrédito interno, su carrera comienza a devaluarse aceleradamente, su autoestima recibe un buen rejonazo y su confianza hacia la organización salta por los aires.

Además, como práctica de gestión empresarial supone un muy mal uso de los recursos. Es una bofetada a la eficiencia, pues todo el mundo puede ver cómo se mantiene a alguien que no justifica ni de broma el salario que percibe. Para los compañeros es un ejemplo nefasto, que perturba el clima y les envía un mal mensaje que no entienden y les pone ojo avizor, con las barbas a remojar.

Otra consecuencia negativa es que el sistema de evaluación del desempeño de la empresa pierde inmediatamente la credibilidad, al desvirtuarse las consecuencias de la evaluación, y la política retributiva sufre un agravio comparativo tan visible como inexplicable.

Ser de verdad un 'great-place-to-work', es decir, una de esas empresas más admiradas y deseables para trabajar, está en las antípodas de estas prácticas. Cuando la relación de un profesional con su empresa deja de tener sentido, lo mejor es resolverla por las buenas, asumir el coste y seguir cada uno su camino, sin empeñarse absurdamente en dar vida a lo que ya está muerto, como dice la canción.

En resumen, mi humilde mensaje a las empresas sería que mantener artificialmente a alguien no solo no resuelve los problemas sino que los empeora. Y a los directivos, que hagan todo lo posible por no dejarse aparcar. Su carrera y su autoestima se lo agradecerán.

La inteligencia artificial y el 'ikigai'

El año pasado, un androide llamado Michihito Matsuda presentó su candidatura a las elecciones municipales de Tama, uno de los 23 distritos de Tokio, que tiene 150.000 habitantes, como una ciudad media española. Bajo la sugerente promesa de que la inteligencia artificial —IA—, tomaría mejores y más justas decisiones para todos, acabaría con la corrupción —que al parecer, también tienen— y cambiaría la ciudad, obtuvo más de 4.000 votos, y quedó en tercer lugar tras el escrutinio. El robot, de rasgos humanos, había sido creado por un directivo de Softbank —proveedor de servicios móviles— y un exempleado de Google, firmes partidarios de las máquinas pensantes y sus posibilidades.

Los defensores a ultranza de la IA afirman que un análisis lógico de la infinidad de datos disponibles, y un tratamiento e interpretación en beneficio del interés general, podría cambiar nuestras ciudades y vidas. Los sistemas de analítica avanzada nos permitirían conocer con precisión las características y necesidades de sus habitantes y territorios, planificar mejor los recursos y asignarlos más justa y equilibradamente, además de facilitar el diálogo y argumentar adecuadamente las decisiones. Tengo que reconocerles que, tras el último atracón de elecciones en nuestro país y su larga digestión posterior, uno tiene la tentación de añorar al tal Michihito, aun sin tener el gusto de conocerlo.

Los gurús tecnológicos, futurólogos y visionarios más reputados tienen muy claro que la denominada singularidad tecnológica —el momento en que la inteligencia artificial superará a la humana— ocurrirá pronto, aunque no saben cuándo. El matemático y escritor de ciencia ficción Vernor Vinge dice que será en 2023, ahí al lado. Ray Kurzweil, eminente futurista, tecnólogo y director de Ingeniería de Google, lo lleva hasta el año 2045. Todo ello lo ha recordado recientemente el periodista argentino Andrés Oppenheimer, columnista de 'The Miami Herald' y colaborador de la CNN, en un interesantísimo libro que acabo de leer, '¡Sálvese quien pueda!', que nos confronta con las consecuencias laborales y sociales futuras de la era de la automatización. Después de todo, como dice mi amigo Julio, entre tanta estupidez natural, no nos vendría mal un poco de inteligencia artificial.

Sea antes o después, la realidad es que la sustitución del trabajo y de gran parte del talento humano por máquinas va a toda pastilla. Casi la mitad de los empleos actuales en los países industrializados y más de dos tercios en los emergentes, según el Banco Mundial, serían susceptibles de automatización —robots de última generación, impresoras 3D, internet de las cosas…—. Y no solo se trata de tareas mecánicas u operaciones lógico-matemáticas, también las que requieren intuición y creatividad pueden ser asumidas por computadoras que aprenden continuamente, tras analizar millones de datos relativos a comportamientos humanos frente a determinadas situaciones.

Los tecno-optimistas y los tecno-pesimistas, como dice Oppenheimer, se encuentran enfrentados en un encendido debate, de conclusiones más o menos preocupantes, según a quién le preguntes. Para unos, surgirán nuevos empleos más cualificados gracias a la tecnología —como ejemplo, citan a los dos millones de desarrolladores 'freelance' que suben sus aplicaciones a la plataforma de Apple desde que nació iPhone—. Para otros, faltarán alternativas laborales para cientos de millones de trabajadores —sobre todo, los de menos cualificación—, que devendrán en revueltas sociales sin precedentes. 

Frente a la escasez del trabajo tradicional por cuenta ajena, ganarán protagonismo la propia iniciativa individual y el autoempleo. Trabajaremos más años pero de forma bien distinta. Aun así, las horas dedicadas a trabajar de la humanidad, en promedio, parece que se verán muy reducidas, lo que acarreará consecuencias inquietantes. Para muchas personas, el trabajo convencional tal y como hoy lo concebimos constituye su principal propósito en la vida, lo que les hace levantarse cada día. Es su forma de encontrar la plenitud, la autoestima, el reconocimiento social. Perder el trabajo se percibe como algo negativo 'per se', no solo por las consecuencias económicas. Mientras más valorado está el tipo de trabajo en la escala social, más sentida es su pérdida. No digamos para quienes se lo plantean como una forma de ejercer el poder y no de prestar servicio, como debería ser. 

Hay que ir cambiando el chip, nunca mejor dicho. El trabajo es una parte sustancial de nuestra vida, pero es imprescindible que esté en equilibrio con el resto de los elementos que la componen. La sabiduría japonesa tiene el término 'ikigai' para definir el propósito o la razón de ser que proporciona verdadero sentido a nuestras vidas. Encontrarlo lleva tiempo y no es aconsejable asociarlo exclusivamente a cuestiones tan pasajeras como un determinado tipo de trabajo, un puesto o una responsabilidad tan concreta como efímera. Por cierto, para saber cuál es nuestro 'ikigai', Francesc Miralles y Héctor García —autores de un libro sobre el tema en cuestión— aconsejan tratar de respondernos a preguntas como: "¿Cuál es mi elemento?", "¿con qué actividades se me pasa el tiempo volando?", "¿qué me resulta fácil hacer?", "¿qué me gustaba cuando era niño?". 

Los rapidísimos e impresionantes avances tecnológicos nos van a liberar de muchas tareas de poco valor, que terminan siendo una pérdida de tiempo. A cambio, nos van a ofrecer nuevas oportunidades de hacer cosas diferentes, algunas de las cuales ni siquiera sospechamos. Vamos a poder ser más selectivos a la hora de decidir qué hacemos. El tiempo va a ser un recurso más disponible para muchos de nosotros, y no solo me refiero a quienes se desvinculan de sus empresas 30 años antes de agotar su expectativa de vida biológica.  

Por mi parte, quiero sumarme a los tecno-optimistas y ver todo esto como algo positivo. Un nuevo cambio, brutal, eso sí, al que la humanidad será capaz de adaptarse de nuevo. Quiero verlo como una magnífica oportunidad de hacer otras cosas, más o menos productivas, para las que deberíamos ir preparándonos cuanto antes. Ahora que llega el verano, puede ser un momento propicio para pensar en nuestro 'ikigai' y, con un poco de suerte, quizás incluso encontrarlo.