Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
WELCOME TO THE WEB.

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Vivamus a erat ac ipsum bibendum varius. Suspendisse et sodales urna. Sed quis semper urna. Duis pellentesque tortor eu venenatis aliquet. Aliquam vitae tortor eget ipsum pulvinar lacinia id ac urna. Nam a nunc dapibus, rutrum nibh non, condimentum eros. Nulla vel porttitor dolor. Nam interdum, nulla nec sollicitudin euismod, mauris sapien interdum tortor, vel aliquam erat nunc sit amet mi. Etiam quis lacinia erat. Aliquam porta egestas scelerisque. Phasellus vitae faucibus massa. In pulvinar, quam ut consectetur venenatis, dui sapien rutrum erat, et egestas diam nibh eget sapien. Pellentesque posuere pretium lorem, eu vehicula justo lobortis non. Sed mi metus, dictum vitae neque pellentesque, sagittis viverra tellus. Vivamus pharetra hendrerit sapien, in euismod mauris.

Atentamente,
Plácido Fajardo

El verano que nos cambió

Apuramos las últimas semanas de nuestro primer verano desde que la Covid-19 entró en nuestras vidas. Si ya nos habían robado la primavera, como el mes de abril de la canción de Sabina, la estación más apetecible del año se nos marcha con más pena que gloria. No será el verano que recordaremos por aquel viaje inolvidable o aquel concierto multitudinario bajo las estrellas. Nada de celebraciones, ni eventos ni congresos, ni bodas ni bautizos. Ninguna de esas cosas que merecen la pena, las que se viven en compañía de muchos. Vacaciones distintas, raras, austeras, para muchos en casa, aún con el miedo en el cuerpo. España y sus pueblos como destino, lejos del bullicio. Apenas un puñado de extranjeros por las calles de uno de los tres países más visitados del mundo. Mascarillas de sudor para pasear por la playa. Vamos, una castaña de verano, por no decir otra cosa.

Ya hemos pasado dos estaciones con el virus agarrándonos por la garganta. La anestesia del paréntesis veraniego se esfuma y nos despertamos mirando de reojo al otoño con el ceño fruncido. El curso escolar comienza en una pura incógnita. Lo único cierto es que vienen curvas cerradas en lo económico. Los empleados que no están en ERTE preparan de nuevo sus puestos de teletrabajo en casa, con la misma rutina de quien llena el frigorífico tras las vacaciones. El milagro se espera en forma de vacuna, ojalá que sea eficaz y ojalá que sea pronto. Cualquier cosa nos parece llevadera -por grave que sea-, comparada con la pesadilla de los 900 muertos diarios de marzo y abril.

Si el verano es época propicia para girar el timón y cambiar el rumbo, este año se lleva la palma. Escuchamos que esta pandemia es una oportunidad de oro para replantear tantas cosas, a tantos niveles. Gobiernos, empresas, sociedad, no hay ámbito que no se vea afectado con decisiones extraordinarias. A las personas, el asueto veraniego nos ha ayudado a activar el “modo cambio” en nuestro cerebro y acelerar propósitos de pequeñas o grandes transformaciones, siempre bajo la extraña cotidianidad del virus.

Tratando de encontrar inspiración y algunas pistas estoy leyendo a Rebecca Solnit. “Una guía sobre el arte de perderse” es un libro peculiar y profundo, nada convencional, que combina vivencias propias y ajenas con el rasgo común de la vocación exploratoria. Solnit, editora y colaboradora de la revista Harper nombrada en 2010 como “una de las 25 visionarias que están cambiando el mundo”, muestra su pasión por lo desconocido, su actitud curiosa y estimulante para descubrir lo que hay “al otro lado de la familiaridad”, como decía The Dallas Morning News en la crítica de su libro.

El libro me ha interesado porque todo cambio lleva asociado una exploración previa, guiada por la motivación más o menos expansiva de cada uno. Me quedo con una de las perlas de su texto, que retrata la personalidad de la autora. “Hay personas que viajan mucho más que otras. Hay quienes reciben de nacimiento una identidad que les resulta suficiente, o que al menos no cuestionan, y hay quienes emprenden el camino de la reinvención, por supervivencia o por placer, y viajan muy lejos. Algunas personas heredan valores y costumbres que son como una casa en la que habitan; algunos tenemos que prender fuego a esa casa, encontrar nuestro terreno, empezar a construir desde cero, pasar por una especie de transformación psicológica”.

Cuántos de nosotros hemos querido prender fuego imaginario a nuestra realidad en algún momento de nuestras vidas. Cuántas veces hemos sido capaces de encontrar realmente ese terreno sobre el que construir, o al menos de intentar buscarlo con tesón. Cuántas cosas nos hemos perdido por no correr riesgos, por evitar explorar y abrazar lo desconocido, como dice Solnit. No me digan que no han fantaseado alguna vez con la idea de perderse, al menos por un tiempo. Es curioso, pero puede ser una forma paradójica de encontrarse.

El cambio de paradigma que trae consigo esta pandemia y sus devastadores efectos va a crear un antes y un después. La inusitada reacción de los gobiernos tratando de paliar la sangría económica y social -la prórroga de los ERTEs en Alemania hasta finales del año próximo, o los 400.000 millones de euros liberados por la UE son buenos ejemplos-. Las empresas aceleran la transformación digital, la de sus procesos y modelos de negocio. ¿Y nosotros, los ciudadanos, qué cambios deberíamos impulsar en nuestras vidas al socaire de este tsunami?

Reinventarse de alguna manera nunca fue tan oportuno. Ya sea en el terreno personal o en el profesional, éste puede ser el empujón que necesitamos para tomar esa decisión que siempre aplazamos. Para correr ese riesgo que un día lamentaremos haber dejado escapar. No es necesario irse de ermitaño al Tibet o dar la vuelta al mundo en bicicleta. Basta con cambiar nuestra visión de lo que somos y hacemos, que es el primer paso para cambiar nuestros comportamientos.

Trabajar de otra manera y desde otro lugar es algo que estamos descubriendo masivamente. Por qué no, además, hacerlo en otra cosa. Pasar más tiempo con seres queridos y entenderlos de otra forma. Conseguir mayor equilibrio en nuestra rueda de la vida -trabajo, salud, familia, amigos, ocio, vida interior, cultura…- Analizar a qué estamos dedicando realmente nuestro valiosísimo tiempo. ¿Qué puntuación nos damos sobre lo que somos, respecto a lo que querríamos ser? ¿Qué tendríamos que cambiar para cubrir esa brecha? ¿Qué nos falta?

El nuevo curso regresa cargado de amenazas, retos e incertidumbres. Tratar de anticiparse a los acontecimientos, tomar decisiones de cambio y revisar el sentido de lo que hacemos es más recomendable que nunca. ¡Buena suerte!

Tienes los rasgos de personalidad de un líder

Hay personas que consiguen que otros se vayan detrás, como los ratones seguían al flautista de la leyenda de Hamelín. Las causas de que esto ocurra -variopintas y algo enigmáticas-, han ocasionado infinitos estudios e interpretaciones desde el mundo clásico hasta nuestros días. ¿Qué extraño magnetismo provoca en los demás quien demuestra capacidades de líder? ¿Por qué nos sentimos más o menos atraídos por quienes ejercen posiciones de liderazgo? ¿Qué cualidades son más determinantes para identificar a un líder? 

Son múltiples y diversos los requisitos para llegar a ser un buen líder. Por citar algunos de ellos, hay que empezar por tener conocimientos –saber-, experiencias -haber hecho- y habilidades -saber hacer bien-. Hay que comportarse con arreglo a valores -integridad, honestidad, generosidad, justicia, bondad, etc.-. Hay que generar confianza e inspiración en los demás y conectar de forma inteligente con las emociones propias y ajenas. Todo esto es necesario, pero ¿qué hay de la personalidad? ¿Cuánto influyen los rasgos predominantes de la personalidad a la hora de predecir si alguien puede llegar a tener éxito como líder?

Todas estas cuestiones me parecieron siempre tan apasionantes que terminé por dedicarme a ellas, después de haber ejercido el liderazgo, que es la mejor manera de entender su verdadero significado. La experiencia propia, vital y ejecutiva, junto con metodologías cada vez más avanzadas, forman una estupenda combinación que proporciona los recursos necesarios para adentrarse en el fenómeno del liderazgo, tan complejo como fundamental para cualquier organización. 

La personalidad consiste en un patrón de actitudes y comportamientos, de formas de pensar y sentir que caracterizan a una persona de manera estable a lo largo de su vida. Analizando la personalidad de alguien podemos intentar predecir cómo se manifestará ese patrón frente a determinadas situaciones. Los rasgos de personalidad nos definen e identifican, nos convierten en individuos singulares, únicos. Los psicólogos le atribuyen la capacidad de gobernar lo que pensamos, sentimos y hacemos, de ahí su enorme importancia. 

La personalidad y el liderazgo 

Existen determinados rasgos de la personalidad que permiten estimar un mayor potencial de liderazgo en quienes los poseen. Una de las metodologías más recientes de las que utilizamos en Leaderland, elaborada por Thomas International, define tales rasgos, que comentaré a continuación.

1. Auto exigencia. Se trata del rasgo más importante para predecir el liderazgo. Quienes más se exigen a sí mismos están auto motivados y orientados al logro de objetivos con tesón y perseverancia. Tienen disciplina y son organizados. También suelen ser exigentes con los demás.

2. Adaptación. Las personas adaptables son eficaces en diferentes entornos y saben desenvolverse en variadas situaciones. Manejan mejor el estrés y las emociones, son más calmadas frente a la presión, se relacionan bien y piensan en positivo.

3. Curiosidad. Un reciente estudio de una prestigiosa consultora de estrategia decía que la curiosidad era el rasgo de personalidad más importante para llegar lejos en la profesión. A quienes demuestran curiosidad les interesa lo que ignoran, les atrae lo nuevo, aprenden continuamente cosas diferentes y les gusta explorar más allá de lo convencional. 

4. Enfoque al riesgo. A estas personas les apasionan los retos y enfrentan con valentía situaciones desconocidas que les pongan a prueba. Suelen tener iniciativa, ser proactivas y no se achantan fácilmente ante las teóricas dificultades.

5. Aceptación de la ambigüedad. Ya decía Kant que la inteligencia se mide según la cantidad de incertidumbre que se es capaz de soportar -algo fundamental en estos tiempos-. Significa tolerar las situaciones complejas o contradictorias y asumirlas como parte de las reglas de juego. E incluso, por qué no, valorar el encanto de lo incierto, el atractivo que supone que la vida nos sorprenda.

6. Competitividad. La vida es competencia y hay que hacerle frente desde muy joven. Una dosis adecuada de competitividad nos lleva a querer ganar y ser reconocidos por nuestros logros. La competitividad estimula el alto desempeño y sirve de acicate para superarnos, para mejorar.  

Decía uno de mis jefes -gran líder de quien tanto aprendí-, que en el exceso de las fortalezas residen las debilidades. Pues en esto ocurre algo parecido. Un exceso en los rasgos mencionados puede acarrear consecuencias negativas, llevados al extremo. Pensemos en la competitividad excesiva, que se convierte en agresiva e insolidaria, letal para el trabajo en equipo. O en la auto exigencia máxima, que lleva a un perfeccionismo obsesivo y rígido, por ejemplo. 

Algunos de estos rasgos vienen de serie, son parte de nuestro ADN y tienden a mantenerse invariables, como decíamos antes. El nivel de curiosidad o el de auto exigencia permanecen arraigados desde la niñez, son difíciles de modificar. En cambio, otros de estos rasgos pueden evolucionar algo más durante el desarrollo, a medida que crecemos profesionalmente, influidos por las situaciones y el entorno. Así pues, se puede aumentar la orientación al riesgo -siempre que la organización lo fomente-, elevar la tolerancia a la incertidumbre o moderar la competitividad excesiva, por ejemplo, mediante el aprendizaje con métodos como el feedback y el coaching.

Como decíamos en un apunte de liderazgo anterior, “La confluencia mágica”, el auto conocimiento es la base sobre la que sustentar nuestro desarrollo y nuestro éxito. En materia de liderazgo, comenzar por tener bien identificados nuestros rasgos de personalidad es un primer paso necesario. A partir de ahí, puede fijarse metas, si aspira a ser un buen líder. 

No se empeñe en cambiar aquellos rasgos de personalidad que son consustanciales a su propia identidad. Pero sea consciente del impacto que producen sus comportamientos e intente cambiar los que sean necesarios. Para ello, contará con la ayuda impagable de su mejor aliada: la voluntad. Felices vacaciones y buena suerte.  

Los peligros de creerse el más listo

Los seres humanos tendemos a sentirnos satisfechos con nuestro nivel de inteligencia, leí hace años en una investigación. Es raro que alguien eche de menos ser más listo y así lo reconozca. Como mucho, se añora un mejor físico, más estatura, belleza o delgadez, qué se yo. Incluso se acepta andar escaso de alguna de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, como la espacial para orientarse, la musical para cantar o la kinestésica para ser un manitas. Pero de la inteligencia básica, la tradicional, las personas nos consideramos, por lo general, bien despachados.

Y qué pasa al compararnos con los demás. Pues, curiosamente, como demostraron los premios Nobel Dunning y Kruger hace veinte años, son los individuos más incompetentes quienes más tienden a sobre estimar su propia habilidad y a infra estimar la ajena. Por el contrario, los más capaces tienden a infra valorarse y a no dar demasiada importancia a sus capacidades, quizás por entenderlas como las “normales”. Estas conclusiones forman parte de la teoría de la “superioridad ilusoria”, un sesgo cognitivo del que muchos de ustedes habrán comprobado sus efectos, al que aludíamos en nuestro último apunte de liderazgo.

Si combinamos este postulado con una de las afirmaciones de Charles Darwing, nos sale una mezcla explosiva. Decía el científico que la incompetencia genera más confianza en las personas que el conocimiento. Seguro que habrán escuchado a verdaderos indocumentados diciendo barbaridades sin pestañear, con una confianza apabullante, como si estuvieran afirmando que la tierra es redonda. Tenemos buenos ejemplos a raíz de este virus desconocido. Escuchamos y leemos cosas como para caernos de espaldas, incluso en boca de altos responsables que deberían ser los más prudentes. A menudo pienso en cuánta razón llevaba Bertrand Russel cuando decía que el problema del mundo era que “la gente inteligente está llena de dudas, y la gente ignorante de certezas”.

El nivel de competencia aumenta a medida que se adquieren nuevos conocimientos, habilidades y experiencias que, cuando se incorporan como aprendizaje, hacen progresar la carrera profesional. O sea, la capacidad y el mérito son los criterios básicos para determinar el incremento de responsabilidades. Tanto la gestión privada como la pública deberían seguir parecidos fundamentos. Y así es en muchos casos, motivos por los cuales existen excelentes altos directivos en nuestro país, como existen también excelentes altos funcionarios de carrera. 

Pero, cuando esto no ocurre y se coloca al frente de una responsabilidad a quien claramente no está capacitado para ostentarla, el tiro puede salir por la culata. Una mala decisión de promoción somete al teóricamente afortunado a un estrés y una ansiedad que pronto evidenciará sus carencias en forma de malos resultados. Precipitar la maduración es tan negativo en las carreras profesionales como en los vinos.

Claro que, si volvemos a la investigación que les comentaba al principio, cuando los incompetentes son designados para ocupar puestos que les superan, actúan con toda la confianza y encima se creen los más listos de la clase, las consecuencias pueden ser catastróficas.

Una de ellas, que se muestra rápido, es que el nombrado quedará sobrepasado por los acontecimientos y tirará de cualquier recurso a su alcance para camuflar sus carencias. Como por ejemplo la manipulación o la mentira, vías frecuentes para eludir responsabilidades, que se castiga con una fulminante destitución en países avanzados. En otros, en cambio, las argucias y las mentiras son toleradas e incluso ensalzadas como una habilidad, una especie de atributo valioso asociado a la picaresca. Varios analistas han citado estos días en sus artículos la famosa frase de Abraham Lincoln, “se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Será por esto por lo que, antes o después, cada uno suele terminar en el sitio que le corresponde.

Otro peligro para quien se cree el más listo es el hecho de tratar a los demás por encima del hombro. Quien se siente menospreciado por aquél, es muy probable que lo tenga guardado en su subconsciente para cuando llegue la ocasión de devolverla. Las humillaciones no se olvidan fácilmente porque afectan a las emociones, que dejan una huella indeleble en un lugar preferente de nuestra memoria y se recuerdan con más lucidez que los hechos.

Además, la sobre valoración ficticia les impide ser conscientes de sus errores. No ven sus meteduras de pata ni la necesidad de corregirlas e incluso perseveran en el error. La consecuencia es que se impide el aprendizaje, un inconveniente demoledor para quien quiere progresar en la carrera y en la vida.

Por último, los tics que exhiben quienes van de “sobrados” suelen generar bastante rechazo en quienes les rodean, aunque no lo digan, sobre todo si el sobrado está en una posición de poder. Esa superioridad ilusoria acarrea comportamientos espontáneos e instintivos que retratan a quienes la padecen y les dejan en evidencia.

En el lado contrario, quienes verdaderamente saben de lo que hablan lo hacen con más humildad, sobre todo si tienen talento a raudales. Los mejores líderes, los más capaces, son los que menos se sobrevaloran. Tratan a la gente con cercanía y respeto. No temen rodearse de personas que consideren mejores que ellos, al contrario, lo fomentan. No tienen inconveniente en reconocer sus errores, al contrario, intentan aprender de ellos. Asumen con realismo sus debilidades y piden ayuda con naturalidad, sin que eso les haga sentirse inferiores.

En cambio, quien está convencido de sus falsos súper poderes exhala un tufillo de arrogancia insoportable. Claro que, en el corto plazo, este tipo de personas pueden alcanzar altas cimas y, entonces, el peligro es para todos los demás.