Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
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Atentamente,
Plácido Fajardo

Sensaciones de confinamiento

23 de Marzo de 2020. Ayer se cumplieron diez días desde que iniciáramos nuestro confinamiento familiar, un par de días antes de que el estado de alarma lo decretara de forma obligatoria. Si nos comparamos con Wuham, ahora llevaríamos una quinta parte del tiempo que ellos han estado confinados en sus casas. Al igual que ellos, desde que la pandemia del coronavirus llegara a España el mes pasado, nuestras vidas comenzaron a girar en el aire, como agitadas a capricho por un carrusel que, colgados de un hilo, nos zarandeara a su antojo. 

Los ciudadanos asistimos sorprendidos, temerosos e indignados a una situación nueva y desconcertante, en la que nada nos parece cierto del todo y casi nada pensamos es del todo seguro. La pirámide de Maslow comienza a fallarnos desde muy abajo. Nuestro comportamiento y nuestra motivación se alteran cuando lo que está en juego es lo más básico, aunque no dejemos de escuchar que la gravedad física solo afecta al 15% de los afectados y la letalidad a un tercio de ese porcentaje. La gravedad emocional y la gravedad económica ya son otro cantar.    

Los infectados crecen a un ritmo endiablado y se acercan a 30.000, con más de 1.500 fallecidos. Descansen en paz, en toda la paz que a buen seguro les ha faltado en sus últimos días. La mayoría se marcha de este mundo como a nadie le gustaría, sin haber sentido de cerca el calor de los suyos en los últimos momentos, aislados en su desgracia. Las familias de los difuntos gestionan el duro trance en completa soledad, como me contaba el hermano de uno de ellos, buen amigo. Nada de cálidas y tumultuosas condolencias, nada de abrazos de consuelo ni de lágrimas compartidas. Simplemente, rezo callado, ostracismo tras la desgracia como mecanismo protector, no queda otra.

Lo peor parece no haber llegado aún, dicen las autoridades sanitarias, aunque debería estar próximo. Quizás esta semana la cosa mejore y la dichosa curva comience a descender. La estadística siempre me pareció un tostón, la verdad. Pero ahora estamos recibiendo un cursillo acelerado. Tablas y gráficos, tendencias y proyecciones, curvas que suben y bajan, proporción entre infectados y fallecidos, número de curados... Observamos atónitos los gráficos de evolución de contagiados en los diferentes países como quien comprueba los resultados de una competición internacional. Comparamos cifras, sacamos nuestras propias conclusiones y juicios de valor, casi todos ellos infundados, probablemente.

Un poco más arriba en la pirámide de Maslow la economía comienza a dar muestras de saltar por los aires. Las previsiones más sombrías son superadas cada día por nuevas estimaciones, unas más fiables, otras más agoreras, todas preocupantes. En el mejor de los casos, pensamos en un año de tan solo diez meses, quizás de nueve. Y, en el fondo de nuestro corazón, rogamos porque solo quede en eso, en un tremendo socavón en el camino de nuestra prosperidad, que habrá que franquear para continuar acelerando, con más fuerza que antes, si es posible.

O no, o quizás ya nunca nada vuelva a ser como antes. Estar tan cerca del abismo nos hace más conscientes de nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Basta un virus microscópico para echar por tierra millones de planes. Para recordarnos que la vida es lo que sucede realmente mientras hacemos esos planes, como dijo Lennon. A lo mejor hay que cambiar algunas reglas del juego. A lo mejor hay que relativizar de una vez lo que significa el tiempo, el progreso, la plenitud y la felicidad. Cuando salgamos de esta seremos más conscientes de que la siguiente amenaza puede estar a la vuelta de la esquina. La necesidad de aspirar permanentemente a un bienestar material cada vez mayor y más sofisticado choca de repente con este golpe del destino, que nos pone realmente en nuestro sitio; vivir es respirar, aunque ya casi no nos acordábamos. Como me decían ayer mismo dos amigos afectados, “no te preocupes, respiro bien”.   

En todas las guerras hay héroes y la que libramos contra el virus no va a ser una excepción. Nos gustaría poder ver a nuestro enemigo, poder tocarlo, defendernos de sus ataques y atacarle con nuestras armas tangibles. Pero nuestra guerra es contra un enemigo invisible, sutil y silencioso, que se infiltra en nuestro cuerpo como en el caballo de Troya, para intentar destruirle desde dentro. Por eso los héroes son todavía más admirables. Llevan batas verdes, blancas o azules y están en Hospitales, Clínicas o Centros de Salud. Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer del cuidado de los demás tu vocación, incluso tu razón de existir.

Las lecciones que escuchamos cada día sobre nuestra comunidad de profesionales sanitarios son estremecedoras. Su entrega, su renuncia, su riesgo asumido y enorme esfuerzo, su angustiosa escasez de medios superada cada día. Cuántas UCIs quedarán mañana disponibles, cuántos respiradores y para quiénes. Hoteles o pabellones de Ferias reconvertidos en hospitales improvisados. Generosidad espontánea de empresas y personas, públicas o anónimas da igual. Policías, transportistas, limpiadoras, tenderos de alimentación, militares, farmacias, solidaridad de vecinos, ayudas inesperadas. La condición humana aflora en las situaciones límite y emociona. Nada hay más gratificante que la sensación de haber ayudado.

Y además de los héroes, en todas las guerras hay líderes. Son los que pasan a la Historia, aquellos a quienes se les reconoce esa impagable contribución, la de habernos defendido, haber fijado el rumbo firme y cierto ante la confusión, haber tomado las decisiones más difíciles para el bien común, habernos inspirado con sus conductas y su ejemplo, habernos hecho sentir orgullosos de seguirles.

Si tengo que elegir, de momento, nuestros verdaderos líderes en esta batalla se cuentan, sobre todo, por miles. Me quedo con el liderazgo espontáneo de individuos anónimos, de quienes nos impresionan con sus gestos de generosidad y de sacrificio. Liderazgo solidario de tantas personas que dan un paso al frente para hacer más llevadera la carga a los demás. Líderes cotidianos entre la gente corriente, que cargan sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de ayudar al prójimo. Líderes callados, de entrega infinita y obras desinteresadas, que simbolizan lo mejor de nuestra especie y merecen gratitud eterna.     

El trabajo nos está matando

La frase puede sonarles fuerte, pero está basada en datos tan reales como preocupantes. “No deberíamos seguir tolerando que las empresas puedan dañar la salud física y mental de las personas sin ningún tipo de reparo ni responsabilidad, con total impunidad”. Lo dice el Profesor de la Universidad de Stanford Jeffrey Pfeffer, uno de los más influyentes pensadores actuales sobre management, al que he tomado prestado para mi artículo el contundente título de su último libro publicado en España.

El libro es parte de la Biblioteca FUNDIPE -Fundación para el Desarrollo de la Función de Recursos Humanos- a cuyo Patronato, presidido por mi buen amigo Jorge Cagigas, me honro en pertenecer. El prólogo es de Nuria Chinchilla, profesora del IESE que acuñó la expresión “contaminación social” para referirse a las funestas consecuencias de las decisiones empresariales que consideran a los empleados como “piezas mecánicas de un engranaje, sin tener en cuenta cómo son devueltos a sus familias tras jornadas interminables”. Se trata de una verdad tan incómoda de abordar como visible en una sociedad escasa de valores humanos que, de seguir así, será insostenible a largo plazo, como Nuria afirma en su prólogo.

El trabajo es la principal fuente generadora del estrés, dice el profesor Pfeffer, patología responsable de 850.000 muertes en el mundo cada año. La OMS cifra en más de 600 millones las personas que sufren estrés y ansiedad en el planeta, con una pérdida asociada de productividad de 1 trillón de dólares, nada menos. En nuestro país, un estudio de Cinfa Salud sobre esta materia evidenció en 2017 que cuatro de cada diez españoles afirmaban padecer de forma habitual o frecuente estrés asociado, mayormente, al trabajo. Parece que aquel viejo dicho “el trabajo es salud”, no tiene precisamente una aplicación universal. En estas sociedades desarrolladas de la opulencia en que vivimos pareciera que, a mayor bienestar material, mayor malestar emocional, como recuerda el epílogo del libro, que cita aquella vieja frase de la revista Newsweek “¿si todo nos va tan bien, por qué nos sentimos tan mal?”

Conviene apuntar que existe un estrés positivo e incluso necesario para que rindamos adecuadamente. Es el caso del estrés adaptativo, que nos permite concentrar nuestra energía en situaciones puntuales y activar nuestras alertas para responder a un determinado estímulo. En el entorno laboral, pensemos en los nervios del momento previo a una intervención en público, a una reunión clave o la llegada a un nuevo trabajo. Una cierta tensión en esos casos nos ayuda a aumentar la concentración y afrontar el reto, nos facilita aflorar nuestras capacidades. Nuestro sistema endocrino nos echa una mano al aumentar en esos casos la segregación de cortisol, la hormona del estrés que activa nuestros recursos y nos estimula a la acción.

El problema viene cuando el nivel de cortisol se eleva demasiado -noche y día- y el estrés se convierte en crónico, en un elemento recurrente de nuestro estado anímico al que hay que dar respuesta continuamente, con el consiguiente desequilibrio bioquímico que debilita nuestro sistema inmunológico y puede producir enfermedades psicosomáticas.

¿Cuánto vale el ejemplo que da el líder?

¿Cuánto vale el ejemplo que da el líder?

Esto de dar ejemplo no consiste en actuar de forma concienzuda y calculada para generar un determinado impacto que se busca de antemano

Entre las frases célebres atribuidas a Albert Einstein, hay una que viene al pelo para nuestra reflexión de hoy. Decía el científico que "dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera". Más recientemente, mi admirado amigo Mario Alonso abundaba en ello: "Líder no es el que lucha para ser primero; líder es el primero que sale a luchar". Y es que existen pocas dudas a la hora de asociar la figura del líder —en cualquier orden de la vida— al ejemplo que transmite y con el que predica.

Quienes ocupan puestos elevados de poder o responsabilidad deberían ser reconocidos al menos por dos cosas, su conocimiento y su ejemplo:

El conocimiento, interpretado de forma extensiva, abarcaría no solo al saber, sino también al saber hacer, ya sea gracias a las propias habilidades o a lo aprendido de la experiencia. La situación ideal se alcanza en el llamado conocimiento inconsciente, que permite a la persona aportar y contribuir casi sin darse cuenta, actuar con eficacia y resolver problemas con éxito, sin apenas necesidad de pensarlo. Quienes lo consiguen están adornados por una especie de halo, de autoridad, que suele provocar admiración en los demás, cuando no sana envidia.

El ejemplo también tiene una importancia suprema. Todos necesitamos modelos a los que seguir o admirar, que habitualmente buscamos entre quienes nos dirigen, entre nuestros mayores o entre quienes destacan. Parece trasnochada aquella vieja expresión de "conducta ejemplar" que nos decían en el colegio, pero es que, justamente, eso es lo que se espera de quienes están arriba, que sean dignos de imitación. Y esto fue tan válido en la antigua Grecia como en la Edad Media o en nuestros días. La emulación a los de arriba debería significar imitar sus actitudes y comportamientos deseables, los que reflejan los valores universalmente válidos.

Pero esto de dar ejemplo no consiste en actuar de forma concienzuda y calculada para generar un determinado impacto que se busca de antemano. Eso es, más bien, efectismo. Por el contrario, al igual que decíamos del conocimiento, el ejemplo, cuando es realmente valioso es cuando se da de manera inconsciente, cuando surge de una forma de actuar auténtica, espontánea y natural, merecedora de imitación sin pretenderlo.

Cualquier empresa u organización tiene sus reglas no escritas, las que aplican sus integrantes al relacionarse y actuar. Es lo que se llama cultura de empresa, compuesta por sus hábitos, usos y costumbres o prácticas cotidianas que se van configurando con los años como una seña de identidad propia, singular, que le hace diferenciarse. Ya sea abierta o cerrada, transparente u opaca, participativa o autoritaria, horizontal o jerárquica, innovadora o tradicional, tolerante o inflexible, el caso es que la cultura se arraiga con fuerza entre los individuos y es dificilísimo cambiarla. Tiende a perpetuarse y se transmite de forma automática a los nuevos individuos que se incorporan, como una especie de verdad absoluta, parte de un legado que perdura sin cuestionarse.

Pues bien, precisamente el ejemplo que dan los líderes con sus comportamientos es uno de los factores que más influye en la configuración de la cultura de cualquier organización, aunque ellos a veces no sean del todo conscientes. De hecho, cuando las empresas quieren cambiar su cultura han de proceder desde arriba hacia abajo. La habitual tendencia a imitar a los de arriba se transmite en cascada de manera natural, pues se sobreentiende como algo adecuado y hasta meritorio para congraciarse con ellos.

Por eso es tan importante lo que hacen los dirigentes, pues los mensajes que transmiten y el ejemplo que dan va a ser difundido inevitablemente. Cuando el ejemplo es positivo, es coherente con los valores, estos se refuerzan. Pero ¿qué ocurre cuando los líderes se comportan de forma opuesta a los valores que en teoría la organización preconiza?

Pensemos en valores éticos universales tan básicos como la transparencia o la honestidad, que requieren de unos comportamientos bastantes obvios y fácilmente observables. Si, por el contrario, se oculta información que deba compartirse, se miente, no se respetan los compromisos ni las leyes, se hace lo contrario de lo que se dice, y cosas así, la credibilidad y la confianza en los líderes saltan por los aires, la organización se confunde y los efectos son demoledores. Si mi jefe miente y no pasa nada, ¿por qué no habré de hacerlo yo? Si hace lo contrario de lo que dice, y continúa en su puesto, ¿por qué no podré ascender yo también actuando de igual forma?

El comportamiento de los dirigentes impacta de lleno en la cultura, la modela y la condiciona, pues supone una herramienta potentísima para generar liderazgo e influencia a través del ejemplo. Da igual que se trate de una empresa, una institución o incluso un país, cuya cultura emana en buena medida de lo que han sido sus líderes, ya sean políticos, artistas, científicos, pensadores, militares o deportistas. Los personajes destacados que han dejado mayor huella en cada lugar de la Historia son exponentes de los valores, creencias y actitudes de cada sociedad. Por un lado, son fiel reflejo de ella y, al mismo tiempo, consiguen influirle y nutrir su reputación, para bien o para mal.

Necesitamos admirar a quienes nos dirigen por sus valores, sea en el entorno que sea, y eso debería requerir cierta grandeza humana. A sus 29 años, el multimillonario Evan Spiegel, Fundador y CEO de la exitosa aplicación Snapchat lo tiene claro. "No soy un gran Manager, —dice—; intento ser un buen líder. Y para mí, esto ha sido un proceso costoso, no de cómo ser un gran CEO, sino de cómo ser un gran Evan, ese es el verdadero reto".

Pues la verdad es que con esa aspiración no lleva mal camino el chico, ni mucho menos, ¿no creen?