Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
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Atentamente,
Plácido Fajardo

Los peligros de creerse el más listo

Los seres humanos tendemos a sentirnos satisfechos con nuestro nivel de inteligencia, leí hace años en una investigación. Es raro que alguien eche de menos ser más listo y así lo reconozca. Como mucho, se añora un mejor físico, más estatura, belleza o delgadez, qué se yo. Incluso se acepta andar escaso de alguna de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, como la espacial para orientarse, la musical para cantar o la kinestésica para ser un manitas. Pero de la inteligencia básica, la tradicional, las personas nos consideramos, por lo general, bien despachados.

Y qué pasa al compararnos con los demás. Pues, curiosamente, como demostraron los premios Nobel Dunning y Kruger hace veinte años, son los individuos más incompetentes quienes más tienden a sobre estimar su propia habilidad y a infra estimar la ajena. Por el contrario, los más capaces tienden a infra valorarse y a no dar demasiada importancia a sus capacidades, quizás por entenderlas como las “normales”. Estas conclusiones forman parte de la teoría de la “superioridad ilusoria”, un sesgo cognitivo del que muchos de ustedes habrán comprobado sus efectos, al que aludíamos en nuestro último apunte de liderazgo.

Si combinamos este postulado con una de las afirmaciones de Charles Darwing, nos sale una mezcla explosiva. Decía el científico que la incompetencia genera más confianza en las personas que el conocimiento. Seguro que habrán escuchado a verdaderos indocumentados diciendo barbaridades sin pestañear, con una confianza apabullante, como si estuvieran afirmando que la tierra es redonda. Tenemos buenos ejemplos a raíz de este virus desconocido. Escuchamos y leemos cosas como para caernos de espaldas, incluso en boca de altos responsables que deberían ser los más prudentes. A menudo pienso en cuánta razón llevaba Bertrand Russel cuando decía que el problema del mundo era que “la gente inteligente está llena de dudas, y la gente ignorante de certezas”.

El nivel de competencia aumenta a medida que se adquieren nuevos conocimientos, habilidades y experiencias que, cuando se incorporan como aprendizaje, hacen progresar la carrera profesional. O sea, la capacidad y el mérito son los criterios básicos para determinar el incremento de responsabilidades. Tanto la gestión privada como la pública deberían seguir parecidos fundamentos. Y así es en muchos casos, motivos por los cuales existen excelentes altos directivos en nuestro país, como existen también excelentes altos funcionarios de carrera. 

Pero, cuando esto no ocurre y se coloca al frente de una responsabilidad a quien claramente no está capacitado para ostentarla, el tiro puede salir por la culata. Una mala decisión de promoción somete al teóricamente afortunado a un estrés y una ansiedad que pronto evidenciará sus carencias en forma de malos resultados. Precipitar la maduración es tan negativo en las carreras profesionales como en los vinos.

Claro que, si volvemos a la investigación que les comentaba al principio, cuando los incompetentes son designados para ocupar puestos que les superan, actúan con toda la confianza y encima se creen los más listos de la clase, las consecuencias pueden ser catastróficas.

Una de ellas, que se muestra rápido, es que el nombrado quedará sobrepasado por los acontecimientos y tirará de cualquier recurso a su alcance para camuflar sus carencias. Como por ejemplo la manipulación o la mentira, vías frecuentes para eludir responsabilidades, que se castiga con una fulminante destitución en países avanzados. En otros, en cambio, las argucias y las mentiras son toleradas e incluso ensalzadas como una habilidad, una especie de atributo valioso asociado a la picaresca. Varios analistas han citado estos días en sus artículos la famosa frase de Abraham Lincoln, “se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Será por esto por lo que, antes o después, cada uno suele terminar en el sitio que le corresponde.

Otro peligro para quien se cree el más listo es el hecho de tratar a los demás por encima del hombro. Quien se siente menospreciado por aquél, es muy probable que lo tenga guardado en su subconsciente para cuando llegue la ocasión de devolverla. Las humillaciones no se olvidan fácilmente porque afectan a las emociones, que dejan una huella indeleble en un lugar preferente de nuestra memoria y se recuerdan con más lucidez que los hechos.

Además, la sobre valoración ficticia les impide ser conscientes de sus errores. No ven sus meteduras de pata ni la necesidad de corregirlas e incluso perseveran en el error. La consecuencia es que se impide el aprendizaje, un inconveniente demoledor para quien quiere progresar en la carrera y en la vida.

Por último, los tics que exhiben quienes van de “sobrados” suelen generar bastante rechazo en quienes les rodean, aunque no lo digan, sobre todo si el sobrado está en una posición de poder. Esa superioridad ilusoria acarrea comportamientos espontáneos e instintivos que retratan a quienes la padecen y les dejan en evidencia.

En el lado contrario, quienes verdaderamente saben de lo que hablan lo hacen con más humildad, sobre todo si tienen talento a raudales. Los mejores líderes, los más capaces, son los que menos se sobrevaloran. Tratan a la gente con cercanía y respeto. No temen rodearse de personas que consideren mejores que ellos, al contrario, lo fomentan. No tienen inconveniente en reconocer sus errores, al contrario, intentan aprender de ellos. Asumen con realismo sus debilidades y piden ayuda con naturalidad, sin que eso les haga sentirse inferiores.

En cambio, quien está convencido de sus falsos súper poderes exhala un tufillo de arrogancia insoportable. Claro que, en el corto plazo, este tipo de personas pueden alcanzar altas cimas y, entonces, el peligro es para todos los demás. 

Seis buenos propósitos para el día de la sanación

Seguro que el veterano cantante británico Bill Fay no estaría pensando en esta pandemia cuando publicara hace ocho años su preciosa canción “The Healing Day” -El Día de la Sanación-, que les recomiendo. El tema dice cosas como “cuando todo se derrumba estará bien el día de la sanación… en un lugar donde juegan los niños… un día que llegará para quedarse”. No está mal como expectativa en estos precisos momentos. Fay crea músicas y letras melancólicas, emotivas, muy apropiadas para estos tiempos de tristeza y esperanza.

 

Tras superar el mes y medio de estar confinados en esta pesadilla, nuestras emociones no pueden ser más contrapuestas. Sentimos por un lado la imperiosa necesidad de pensar en el futuro. La simple idea de recuperar el pasado más reciente se convierte en toda una aspiración colectiva. Recibimos videos de consuelo en las redes sociales que nos aseguran que, antes o después -ojo al matiz- volveremos a viajar, pasear e ir de compras, reunirnos en bares y restaurantes, ver un partido o dar una vuelta en moto. Necesitamos estímulos que mantengan activada nuestra motivación y nada mejor que nuestros pensamientos pues, somos, en buena medida, lo que pensamos.

 

Pero, por otro lado, algo nos dice que no merece mucho la pena pensar en un futuro caprichoso, que manipula a su albur nuestro insospechable destino. Hasta ahora, el ansiado alargamiento de la vida dependía de tener hábitos saludables, evitar riesgos excesivos y disponer de buenos sistemas de prevención y salud. Ahora, el azar del contagio viene a poner esto patas arriba y nos recuerda nuestra condición de mortales que hay que aceptar con realismo; el final es una parte más de la vida.

 

Afortunadamente, nuestras empresas optan por lo primero. Están pensando en el futuro, haciendo sus planes y deseando ponerlos en marcha cuanto antes. Más nos vale, porque son ellas las que nos van a sacar del agujero, creando el empleo y la riqueza que tanto necesitaremos y asumiendo riesgos por ello. Ojalá nuestros gobernantes también estuvieran pensando en el día de la sanación y la reconstrucción como un empeño colectivo, al que dedicar el mejor talento posible, esté donde esté, olvidándose de ideologías y centrándose en el pragmatismo.

 

Lo contaba mi amigo Tomás Pereda hace unos días en un acertado video en las redes sociales dirigido al Presidente del Gobierno, pidiéndole que evitara el síndrome de la “superioridad ilusoria” y se dejara ayudar por quienes más saben y además desean el bien de España. Si la gestión de la crisis sanitaria está requiriendo todo el talento y esfuerzo de expertos científicos y médicos -otra cosa es cuánto se sigan sus recomendaciones-, la gestión de una crisis social y económica como la que tenemos encima va a requerir toneladas de inteligencia para afrontarla, junto a un propósito de concertación histórico.

 

El ejemplo de Italia designando a un líder empresarial del prestigio de Vitorio Colao -ex CEO de Vodafone-, para liderar el esfuerzo de reconstrucción nacional nos parece impensable aquí, donde tenemos altos cargos que piensan que la economía no es cosa de expertos sino de ideólogos cargados de razones, que apenas necesitan formación en la materia.

 

Los ciudadanos y las empresas, además de hacer planes y pensar en positivo, también sacamos conclusiones de esta situación. Lo importante no es tener experiencias, sino aprender de ellas y hacer los propósitos adecuados. A mí se me ocurrían algunos  para cuando las aguas vuelvan a su cauce.

 

1.            Ser más previsores.

 

No tenemos fama de serlo, nos acordamos de Santa Bárbara más bien cuando truena. Las desgracias eran cosas que sucedían a los demás, hasta que llegó este virus y nos tocó bien cerca. Asegurar los riesgos sobre la propia vida queda aún lejos de la intención mayoritaria en nuestra cultura patria. Más allá de los esfuerzos dedicados por los sistemas sanitarios -benditos sean- y los de Previsión, es un buen momento plantearse un refuerzo adicional.

 

Por ejemplo, sólo cuatro de cada diez españoles tienen un seguro de vida -obligados a menudo por la hipoteca-, mientras cinco de diez están cubiertos por un seguro de decesos, del que muchos se han acordado en estos días, por desgracia. Hacer testamento es otra cosa de la que somos tan poco partidarios como de morirnos. Nunca encontramos un buen momento para pensar en hacerlo. Craso error, porque es una forma muy barata de ahorrar posibles problemas a quienes más queremos cuando peor lo estén pasando.

 

En las empresas, los planes de contingencia ante situaciones excepcionales pasarán a estar a la orden del día. E igualmente sería conveniente que elaboraran los planes de sucesión, especialmente para las posiciones más críticas, con el fin de tener identificados potenciales sucesores internos, o al menos ser conscientes de que no los hay.

 

2.            Aprovechar el momento.

 

La otra cara de la moneda es el “carpe diem”, perfectamente compatible con lo anterior. Se puede ser previsor y disfrutar de la vida de lo lindo. Mil veces hemos escuchado este consejo y nos lo hemos propuesto. Valorar las cosas sencillas, sentirnos afortunados, disfrutar los pequeños placeres. Nada como perderlos por un tiempo para ser conscientes de lo mucho que representaban.

 

Vivir tan deprisa implica demasiadas veces pasar por alto lo que de verdad importa. Frenar en seco nos ayuda ahora a mirar las cosas con la perspectiva adecuada. Hagamos el propósito de valorar y disfrutar los buenos momentos, agradecerlos y guardarlos en nuestra memoria.

 

3.            Estar más unidos.

 

No es nada fácil, pero se está demostrando imprescindible. Lo que más une nuestra presencia en la madre naturaleza es la especie a la que pertenecemos. Cuando esta se ve amenazada, todos nos sentimos aludidos, no hay diferencias que valgan. Aunar fuerzas es mucho más inteligente que dispersarlas. Lo decía el responsable coreano de la lucha contra el Covid19 en una estupenda entrevista, y lo corroboran científicos de todo el mundo: los avances frente a este enemigo deberían ser coordinados y compartidos.

 

Y no solo en la investigación. La Unión Europea atraviesa una de sus pruebas de fuego, con la política monetaria como bálsamo de Fierabrás y el conflicto de intereses económicos norte-sur en la picota. El eurodiputado González Pons hacía un magnífico discurso hace unos días apelando a la unidad y solidaridad de los ciudadanos europeos, que trascienda el materialismo y los intereses particulares. Todos aportamos a un proyecto común del que todos también nos beneficiamos en muchos sentidos, no solo en cuestión de cifras.

 

La necesidad de aislamiento físico frente al contagio no debería reforzar unos localismos obsesionados por encontrar justificación a lo que nos diferencia en lugar de lo que nos une. Hay que compartir aprendizajes y recursos en mutuo beneficio, repartir ayudas donde más se necesita y compensar desequilibrios; hoy por ti, mañana por mi. 

 

En las empresas el propósito sería una mayor unión con el ecosistema de cada una, aprovechar capacidades ajenas, cooperar más eficazmente con terceros en interés mutuo, establecer alianzas, etc. 

 

4.            Ser más innovadores y usar más la tecnología.

 

El coronavirus ha convertido la afamada creatividad española en innovación aplicada y valiosa para hacer cosas que nunca hubiésemos sospechado. Inventar respiradores improvisados, transformar líneas de fabricación para hacer EPIs, crear hospitales por arte de magia, idear sistemas inteligentes para limpiar aire, vehículos y personas, fabricar pantallas protectoras con impresoras 3D o hacer mascarillas caseras. La imaginación no tiene límites cuando se asocia a la urgencia y a la solidaridad.

 

Las tecnologías de la información y las comunicaciones se han popularizado como nunca. Las redes e infraestructuras están soportando una presión de tráfico impensable hace unos años. Las aplicaciones nos han descubierto que podíamos hacer muchas más cosas a distancia de las que pensábamos. Vivimos más conectados a internet que nunca, exprimiendo el teletrabajo y la formación o las compras online en nuestra realidad cotidiana, a los que hemos aprendido a sacar todo el partido. Por qué no quedarnos con esa actitud innovadora también para el día después. Por qué no pensar en nuevos modelos de negocio disruptivos en las empresas y nuevas formas de reinvención y capacitación en los profesionales.

 

5.            Ser más conciliadores.

 

Hemos asistido a unos años de crecimiento de las opciones extremas. El populismo fácil ha campado a sus anchas prometiendo la luna, regalando los oídos con la arcadia feliz y hasta gobernando en compañía de sus mayores detractores. Es comprensible que la indignación impulse las opciones más extremas y beligerantes, y caliente también los localismos en perjuicio del bien común, que es el de la mayoría. No solo pasa en nuestro país, pero es que aquí tenemos de todo, como en botica, solo había que mirar la lista de opciones de voto en las últimas elecciones.

 

Después de esta debacle más nos valdrá dejarnos de calentones y poner un poco de cordura y sentido común del de verdad. Hay que evitar la tentación de romper el tablero porque no nos guste el cariz de la partida. Entender las razones del de enfrente, llegar a acuerdos, poner el interés general por encima del particular, tener grandeza de miras, demostrar la empatía propia y no solo pedírsela al de enfrente, son cosas que nos van a hacer mucha falta. En esto, quienes tienen más poder son los primeros que han de abrir la mano con algo más que palabras. Más allá de las tácticas clientelares, el postureo y el regate en corto, necesitamos como agua de mayo una concertación estratégica en los aspectos clave, que cuente con el respaldo de los agentes sociales y de la gran mayoría sociológica de nuestro país.

 

6.            Ser más humildes.

 

Pues sí, somos mucho más frágiles y vulnerables de lo que pensábamos. El conjunto de células perfectamente coordinadas que forman nuestro complejo organismo inteligente, ese que creíamos superior al de cualquier otra especie de la naturaleza, resulta que no tiene dos bofetadas. Por supuesto que habrá que dedicar ingentes recursos a la investigación científica para defendernos, y equipar a los sistemas de salud para que la próxima amenaza microbiológica no les pille desprevenidos. Pero nunca será suficiente.

 

Más nos valdrá reconocer la debilidad como parte del guion de nuestra existencia, sin arrogancia y con naturalidad. Aunque, como decía hace un par de días Noah Harari -el famoso autor de Sapiens- en un magnífico artículo en estas mismas páginas, tras la pandemia “nuestra civilización moderna en su conjunto probablemente irá en la dirección opuesta…recordando su fragilidad reaccionará construyendo defensas más fuertes”. Aún así, este regalo que es vivir seguirá siendo efímero y transitorio y así deberíamos aceptarlo, con toda humildad, tras esta aleccionadora e inolvidable experiencia.

Sensaciones de confinamiento

23 de Marzo de 2020. Ayer se cumplieron diez días desde que iniciáramos nuestro confinamiento familiar, un par de días antes de que el estado de alarma lo decretara de forma obligatoria. Si nos comparamos con Wuham, ahora llevaríamos una quinta parte del tiempo que ellos han estado confinados en sus casas. Al igual que ellos, desde que la pandemia del coronavirus llegara a España el mes pasado, nuestras vidas comenzaron a girar en el aire, como agitadas a capricho por un carrusel que, colgados de un hilo, nos zarandeara a su antojo. 

Los ciudadanos asistimos sorprendidos, temerosos e indignados a una situación nueva y desconcertante, en la que nada nos parece cierto del todo y casi nada pensamos es del todo seguro. La pirámide de Maslow comienza a fallarnos desde muy abajo. Nuestro comportamiento y nuestra motivación se alteran cuando lo que está en juego es lo más básico, aunque no dejemos de escuchar que la gravedad física solo afecta al 15% de los afectados y la letalidad a un tercio de ese porcentaje. La gravedad emocional y la gravedad económica ya son otro cantar.    

Los infectados crecen a un ritmo endiablado y se acercan a 30.000, con más de 1.500 fallecidos. Descansen en paz, en toda la paz que a buen seguro les ha faltado en sus últimos días. La mayoría se marcha de este mundo como a nadie le gustaría, sin haber sentido de cerca el calor de los suyos en los últimos momentos, aislados en su desgracia. Las familias de los difuntos gestionan el duro trance en completa soledad, como me contaba el hermano de uno de ellos, buen amigo. Nada de cálidas y tumultuosas condolencias, nada de abrazos de consuelo ni de lágrimas compartidas. Simplemente, rezo callado, ostracismo tras la desgracia como mecanismo protector, no queda otra.

Lo peor parece no haber llegado aún, dicen las autoridades sanitarias, aunque debería estar próximo. Quizás esta semana la cosa mejore y la dichosa curva comience a descender. La estadística siempre me pareció un tostón, la verdad. Pero ahora estamos recibiendo un cursillo acelerado. Tablas y gráficos, tendencias y proyecciones, curvas que suben y bajan, proporción entre infectados y fallecidos, número de curados... Observamos atónitos los gráficos de evolución de contagiados en los diferentes países como quien comprueba los resultados de una competición internacional. Comparamos cifras, sacamos nuestras propias conclusiones y juicios de valor, casi todos ellos infundados, probablemente.

Un poco más arriba en la pirámide de Maslow la economía comienza a dar muestras de saltar por los aires. Las previsiones más sombrías son superadas cada día por nuevas estimaciones, unas más fiables, otras más agoreras, todas preocupantes. En el mejor de los casos, pensamos en un año de tan solo diez meses, quizás de nueve. Y, en el fondo de nuestro corazón, rogamos porque solo quede en eso, en un tremendo socavón en el camino de nuestra prosperidad, que habrá que franquear para continuar acelerando, con más fuerza que antes, si es posible.

O no, o quizás ya nunca nada vuelva a ser como antes. Estar tan cerca del abismo nos hace más conscientes de nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Basta un virus microscópico para echar por tierra millones de planes. Para recordarnos que la vida es lo que sucede realmente mientras hacemos esos planes, como dijo Lennon. A lo mejor hay que cambiar algunas reglas del juego. A lo mejor hay que relativizar de una vez lo que significa el tiempo, el progreso, la plenitud y la felicidad. Cuando salgamos de esta seremos más conscientes de que la siguiente amenaza puede estar a la vuelta de la esquina. La necesidad de aspirar permanentemente a un bienestar material cada vez mayor y más sofisticado choca de repente con este golpe del destino, que nos pone realmente en nuestro sitio; vivir es respirar, aunque ya casi no nos acordábamos. Como me decían ayer mismo dos amigos afectados, “no te preocupes, respiro bien”.   

En todas las guerras hay héroes y la que libramos contra el virus no va a ser una excepción. Nos gustaría poder ver a nuestro enemigo, poder tocarlo, defendernos de sus ataques y atacarle con nuestras armas tangibles. Pero nuestra guerra es contra un enemigo invisible, sutil y silencioso, que se infiltra en nuestro cuerpo como en el caballo de Troya, para intentar destruirle desde dentro. Por eso los héroes son todavía más admirables. Llevan batas verdes, blancas o azules y están en Hospitales, Clínicas o Centros de Salud. Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer del cuidado de los demás tu vocación, incluso tu razón de existir.

Las lecciones que escuchamos cada día sobre nuestra comunidad de profesionales sanitarios son estremecedoras. Su entrega, su renuncia, su riesgo asumido y enorme esfuerzo, su angustiosa escasez de medios superada cada día. Cuántas UCIs quedarán mañana disponibles, cuántos respiradores y para quiénes. Hoteles o pabellones de Ferias reconvertidos en hospitales improvisados. Generosidad espontánea de empresas y personas, públicas o anónimas da igual. Policías, transportistas, limpiadoras, tenderos de alimentación, militares, farmacias, solidaridad de vecinos, ayudas inesperadas. La condición humana aflora en las situaciones límite y emociona. Nada hay más gratificante que la sensación de haber ayudado.

Y además de los héroes, en todas las guerras hay líderes. Son los que pasan a la Historia, aquellos a quienes se les reconoce esa impagable contribución, la de habernos defendido, haber fijado el rumbo firme y cierto ante la confusión, haber tomado las decisiones más difíciles para el bien común, habernos inspirado con sus conductas y su ejemplo, habernos hecho sentir orgullosos de seguirles.

Si tengo que elegir, de momento, nuestros verdaderos líderes en esta batalla se cuentan, sobre todo, por miles. Me quedo con el liderazgo espontáneo de individuos anónimos, de quienes nos impresionan con sus gestos de generosidad y de sacrificio. Liderazgo solidario de tantas personas que dan un paso al frente para hacer más llevadera la carga a los demás. Líderes cotidianos entre la gente corriente, que cargan sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de ayudar al prójimo. Líderes callados, de entrega infinita y obras desinteresadas, que simbolizan lo mejor de nuestra especie y merecen gratitud eterna.