Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
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Atentamente,
Plácido Fajardo

El líder criterioso

Escuché la palabreja por primera vez en Santiago de Chile hace veinte años. Mi compañía acababa de adquirir una gran organización en Latinoamérica y mi misión, como responsable de gestión y desarrollo de directivos, consistía en entrevistarlos y evaluar sus capacidades de liderazgo. Recuerdo que durante la conversación uno de ellos se refirió a un miembro de su equipo como “un tipo altamente criterioso”. Me encantó el calificativo; no podía ser más explícito. La RAE define al criterioso como alguien que “demuestra sensatez y buen juicio al hablar o actuar”, y circunscribe su uso a varios países de habla hispana. Una muestra más de la riqueza de nuestra lengua por aquellas tierras. 

A veces recuerdo esa expresión cuando me encuentro con ese tipo de personas que destilan sentido común por los poros. Da gusto escuchar cómo se expresan quienes demuestran tener buen criterio, cómo argumentan sus puntos de vista, sus ideas y opiniones de forma tan juiciosa y lógica en sus planteamientos. Huyen de las posiciones extremas o radicales y siempre encuentran algunas razones válidas en casi todas las posturas, por lejanas que parezcan de las suyas. Tratan de ponerse en los zapatos de su interlocutor o de su oponente y de entender el porqué de sus postulados, en lugar de rechazarlos de plano sin ni siquiera pensarlos, guiados por sus prejuicios o dogmatismos.

Las personas con sensatez y buen juicio suelen ser ponderadas. Valoran las consecuencias de sus actos antes de tomar decisiones y evitan precipitarse o hacerlo en caliente. No se dejan apabullar fácilmente sin haber analizado con algo de serenidad los pros y contras de cada cosa. Son realistas, no se plantean logros imposibles, aunque en su fuero interno puedan aspirar a conseguir lo máximo. Tampoco se les ocurren excentricidades que pongan en riesgo aquello que realmente les importa.

Con todas estas características asociadas, coincidirán conmigo en que el buen criterio es una rara avis. O al menos lo es como atributo permanente en la forma de ser y de actuar de cada uno de manera consistente. Todos hemos desbarrado en más de una ocasión y actuado de forma mucho menos sensata de lo que hubiera sido deseable. Quién no ha desperdiciado una de esas magníficas ocasiones de haberse estado quietecito o calladito, para sus posteriores lamentaciones. Pero, en conjunto, hay personas que demuestran con sus palabras y con sus obras tener mucho mejor criterio que otras.  

Pues bien, si esto es importante en la vida corriente, en el caso del líder resulta diferencial por una sencilla razón: su buen o mal criterio repercute en otros muchos. Por eso debería ser uno de los requisitos básicos consustanciales al buen liderazgo, ese que está basado en valores. Lo podríamos asimilar de alguna manera a lo que José Antonio Marina llama la inteligencia de uso, es decir, no la inteligencia cognitiva medida por el cociente intelectual, sino su puesta en acción, el uso que hacemos de ella. Personas muy inteligentes pueden usar su inteligencia de forma estúpida a la hora de dirigir su comportamiento, como explica muy bien el autor en “La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez”.

Si vamos al mundo empresarial, los directivos deberían ser elegidos no solo por poseer mejores capacidades -incluida la inteligencia-, sino por haber demostrado tener mejor criterio a la hora de ponerlas en acción para orientar su conducta o tomar sus decisiones. Hay quien defiende que esa especie de sentido común está en el ADN de algunas personas, como ocurre con la intuición. En parte es cierto, pero, además, el hecho de acumular experiencia directiva debería facilitar el ir adquiriendo ese buen criterio para decidir, siempre que se hubiera conseguido aprender de la experiencia vivida, claro. Por eso, quienes nos dedicamos a la identificación, evaluación y búsqueda de talento damos una enorme importancia a este factor de aprendizaje.

Y, para terminar, qué ocurre en el ámbito de las organizaciones políticas, de férrea jerarquía y poder concentrado. Pues lo que estamos viendo es una alarmante pérdida de criterio, un creciente avance de la intolerancia y los extremismos -por no decir fanatismos-, agravados por el desastre sanitario, económico y social de la pandemia. La falta de respeto a las instituciones en algunos casos y a los oponentes en otros son buenas muestras que impiden a quienes gobiernan aprender nada que vaya contra sus convicciones.

En cambio, necesitamos más que nunca la racionalidad en quienes deberían trabajar por el bien común de los ciudadanos, más allá de los cálculos electorales. Tender la mano tendría que ser la máxima prioridad en estos momentos; de hecho, es un clamor por parte de cualquiera que tenga un mínimo sentido común.

El líder criterioso no puede ser visceral ni fanático. El buen juicio consiste en escuchar con interés también a los que disienten. En entender las diferencias de opinión evitando prejuicios. En valorar las alternativas con ponderación. En aplicar lo aprendido de la experiencia para gestionar positivamente los conflictos, para concertar y para decidir con inteligencia. Quiero pensar que tenemos un buen puñado de líderes así en nuestro país, aunque no sé si están en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Ojalá que sí lo estén, y que nos den muestras de su grandeza antes de que sea aún más tarde.

El verano que nos cambió

Apuramos las últimas semanas de nuestro primer verano desde que la Covid-19 entró en nuestras vidas. Si ya nos habían robado la primavera, como el mes de abril de la canción de Sabina, la estación más apetecible del año se nos marcha con más pena que gloria. No será el verano que recordaremos por aquel viaje inolvidable o aquel concierto multitudinario bajo las estrellas. Nada de celebraciones, ni eventos ni congresos, ni bodas ni bautizos. Ninguna de esas cosas que merecen la pena, las que se viven en compañía de muchos. Vacaciones distintas, raras, austeras, para muchos en casa, aún con el miedo en el cuerpo. España y sus pueblos como destino, lejos del bullicio. Apenas un puñado de extranjeros por las calles de uno de los tres países más visitados del mundo. Mascarillas de sudor para pasear por la playa. Vamos, una castaña de verano, por no decir otra cosa.

Ya hemos pasado dos estaciones con el virus agarrándonos por la garganta. La anestesia del paréntesis veraniego se esfuma y nos despertamos mirando de reojo al otoño con el ceño fruncido. El curso escolar comienza en una pura incógnita. Lo único cierto es que vienen curvas cerradas en lo económico. Los empleados que no están en ERTE preparan de nuevo sus puestos de teletrabajo en casa, con la misma rutina de quien llena el frigorífico tras las vacaciones. El milagro se espera en forma de vacuna, ojalá que sea eficaz y ojalá que sea pronto. Cualquier cosa nos parece llevadera -por grave que sea-, comparada con la pesadilla de los 900 muertos diarios de marzo y abril.

Si el verano es época propicia para girar el timón y cambiar el rumbo, este año se lleva la palma. Escuchamos que esta pandemia es una oportunidad de oro para replantear tantas cosas, a tantos niveles. Gobiernos, empresas, sociedad, no hay ámbito que no se vea afectado con decisiones extraordinarias. A las personas, el asueto veraniego nos ha ayudado a activar el “modo cambio” en nuestro cerebro y acelerar propósitos de pequeñas o grandes transformaciones, siempre bajo la extraña cotidianidad del virus.

Tratando de encontrar inspiración y algunas pistas estoy leyendo a Rebecca Solnit. “Una guía sobre el arte de perderse” es un libro peculiar y profundo, nada convencional, que combina vivencias propias y ajenas con el rasgo común de la vocación exploratoria. Solnit, editora y colaboradora de la revista Harper nombrada en 2010 como “una de las 25 visionarias que están cambiando el mundo”, muestra su pasión por lo desconocido, su actitud curiosa y estimulante para descubrir lo que hay “al otro lado de la familiaridad”, como decía The Dallas Morning News en la crítica de su libro.

El libro me ha interesado porque todo cambio lleva asociado una exploración previa, guiada por la motivación más o menos expansiva de cada uno. Me quedo con una de las perlas de su texto, que retrata la personalidad de la autora. “Hay personas que viajan mucho más que otras. Hay quienes reciben de nacimiento una identidad que les resulta suficiente, o que al menos no cuestionan, y hay quienes emprenden el camino de la reinvención, por supervivencia o por placer, y viajan muy lejos. Algunas personas heredan valores y costumbres que son como una casa en la que habitan; algunos tenemos que prender fuego a esa casa, encontrar nuestro terreno, empezar a construir desde cero, pasar por una especie de transformación psicológica”.

Cuántos de nosotros hemos querido prender fuego imaginario a nuestra realidad en algún momento de nuestras vidas. Cuántas veces hemos sido capaces de encontrar realmente ese terreno sobre el que construir, o al menos de intentar buscarlo con tesón. Cuántas cosas nos hemos perdido por no correr riesgos, por evitar explorar y abrazar lo desconocido, como dice Solnit. No me digan que no han fantaseado alguna vez con la idea de perderse, al menos por un tiempo. Es curioso, pero puede ser una forma paradójica de encontrarse.

El cambio de paradigma que trae consigo esta pandemia y sus devastadores efectos va a crear un antes y un después. La inusitada reacción de los gobiernos tratando de paliar la sangría económica y social -la prórroga de los ERTEs en Alemania hasta finales del año próximo, o los 400.000 millones de euros liberados por la UE son buenos ejemplos-. Las empresas aceleran la transformación digital, la de sus procesos y modelos de negocio. ¿Y nosotros, los ciudadanos, qué cambios deberíamos impulsar en nuestras vidas al socaire de este tsunami?

Reinventarse de alguna manera nunca fue tan oportuno. Ya sea en el terreno personal o en el profesional, éste puede ser el empujón que necesitamos para tomar esa decisión que siempre aplazamos. Para correr ese riesgo que un día lamentaremos haber dejado escapar. No es necesario irse de ermitaño al Tibet o dar la vuelta al mundo en bicicleta. Basta con cambiar nuestra visión de lo que somos y hacemos, que es el primer paso para cambiar nuestros comportamientos.

Trabajar de otra manera y desde otro lugar es algo que estamos descubriendo masivamente. Por qué no, además, hacerlo en otra cosa. Pasar más tiempo con seres queridos y entenderlos de otra forma. Conseguir mayor equilibrio en nuestra rueda de la vida -trabajo, salud, familia, amigos, ocio, vida interior, cultura…- Analizar a qué estamos dedicando realmente nuestro valiosísimo tiempo. ¿Qué puntuación nos damos sobre lo que somos, respecto a lo que querríamos ser? ¿Qué tendríamos que cambiar para cubrir esa brecha? ¿Qué nos falta?

El nuevo curso regresa cargado de amenazas, retos e incertidumbres. Tratar de anticiparse a los acontecimientos, tomar decisiones de cambio y revisar el sentido de lo que hacemos es más recomendable que nunca. ¡Buena suerte!

Tienes los rasgos de personalidad de un líder

Hay personas que consiguen que otros se vayan detrás, como los ratones seguían al flautista de la leyenda de Hamelín. Las causas de que esto ocurra -variopintas y algo enigmáticas-, han ocasionado infinitos estudios e interpretaciones desde el mundo clásico hasta nuestros días. ¿Qué extraño magnetismo provoca en los demás quien demuestra capacidades de líder? ¿Por qué nos sentimos más o menos atraídos por quienes ejercen posiciones de liderazgo? ¿Qué cualidades son más determinantes para identificar a un líder? 

Son múltiples y diversos los requisitos para llegar a ser un buen líder. Por citar algunos de ellos, hay que empezar por tener conocimientos –saber-, experiencias -haber hecho- y habilidades -saber hacer bien-. Hay que comportarse con arreglo a valores -integridad, honestidad, generosidad, justicia, bondad, etc.-. Hay que generar confianza e inspiración en los demás y conectar de forma inteligente con las emociones propias y ajenas. Todo esto es necesario, pero ¿qué hay de la personalidad? ¿Cuánto influyen los rasgos predominantes de la personalidad a la hora de predecir si alguien puede llegar a tener éxito como líder?

Todas estas cuestiones me parecieron siempre tan apasionantes que terminé por dedicarme a ellas, después de haber ejercido el liderazgo, que es la mejor manera de entender su verdadero significado. La experiencia propia, vital y ejecutiva, junto con metodologías cada vez más avanzadas, forman una estupenda combinación que proporciona los recursos necesarios para adentrarse en el fenómeno del liderazgo, tan complejo como fundamental para cualquier organización. 

La personalidad consiste en un patrón de actitudes y comportamientos, de formas de pensar y sentir que caracterizan a una persona de manera estable a lo largo de su vida. Analizando la personalidad de alguien podemos intentar predecir cómo se manifestará ese patrón frente a determinadas situaciones. Los rasgos de personalidad nos definen e identifican, nos convierten en individuos singulares, únicos. Los psicólogos le atribuyen la capacidad de gobernar lo que pensamos, sentimos y hacemos, de ahí su enorme importancia. 

La personalidad y el liderazgo 

Existen determinados rasgos de la personalidad que permiten estimar un mayor potencial de liderazgo en quienes los poseen. Una de las metodologías más recientes de las que utilizamos en Leaderland, elaborada por Thomas International, define tales rasgos, que comentaré a continuación.

1. Auto exigencia. Se trata del rasgo más importante para predecir el liderazgo. Quienes más se exigen a sí mismos están auto motivados y orientados al logro de objetivos con tesón y perseverancia. Tienen disciplina y son organizados. También suelen ser exigentes con los demás.

2. Adaptación. Las personas adaptables son eficaces en diferentes entornos y saben desenvolverse en variadas situaciones. Manejan mejor el estrés y las emociones, son más calmadas frente a la presión, se relacionan bien y piensan en positivo.

3. Curiosidad. Un reciente estudio de una prestigiosa consultora de estrategia decía que la curiosidad era el rasgo de personalidad más importante para llegar lejos en la profesión. A quienes demuestran curiosidad les interesa lo que ignoran, les atrae lo nuevo, aprenden continuamente cosas diferentes y les gusta explorar más allá de lo convencional. 

4. Enfoque al riesgo. A estas personas les apasionan los retos y enfrentan con valentía situaciones desconocidas que les pongan a prueba. Suelen tener iniciativa, ser proactivas y no se achantan fácilmente ante las teóricas dificultades.

5. Aceptación de la ambigüedad. Ya decía Kant que la inteligencia se mide según la cantidad de incertidumbre que se es capaz de soportar -algo fundamental en estos tiempos-. Significa tolerar las situaciones complejas o contradictorias y asumirlas como parte de las reglas de juego. E incluso, por qué no, valorar el encanto de lo incierto, el atractivo que supone que la vida nos sorprenda.

6. Competitividad. La vida es competencia y hay que hacerle frente desde muy joven. Una dosis adecuada de competitividad nos lleva a querer ganar y ser reconocidos por nuestros logros. La competitividad estimula el alto desempeño y sirve de acicate para superarnos, para mejorar.  

Decía uno de mis jefes -gran líder de quien tanto aprendí-, que en el exceso de las fortalezas residen las debilidades. Pues en esto ocurre algo parecido. Un exceso en los rasgos mencionados puede acarrear consecuencias negativas, llevados al extremo. Pensemos en la competitividad excesiva, que se convierte en agresiva e insolidaria, letal para el trabajo en equipo. O en la auto exigencia máxima, que lleva a un perfeccionismo obsesivo y rígido, por ejemplo. 

Algunos de estos rasgos vienen de serie, son parte de nuestro ADN y tienden a mantenerse invariables, como decíamos antes. El nivel de curiosidad o el de auto exigencia permanecen arraigados desde la niñez, son difíciles de modificar. En cambio, otros de estos rasgos pueden evolucionar algo más durante el desarrollo, a medida que crecemos profesionalmente, influidos por las situaciones y el entorno. Así pues, se puede aumentar la orientación al riesgo -siempre que la organización lo fomente-, elevar la tolerancia a la incertidumbre o moderar la competitividad excesiva, por ejemplo, mediante el aprendizaje con métodos como el feedback y el coaching.

Como decíamos en un apunte de liderazgo anterior, “La confluencia mágica”, el auto conocimiento es la base sobre la que sustentar nuestro desarrollo y nuestro éxito. En materia de liderazgo, comenzar por tener bien identificados nuestros rasgos de personalidad es un primer paso necesario. A partir de ahí, puede fijarse metas, si aspira a ser un buen líder. 

No se empeñe en cambiar aquellos rasgos de personalidad que son consustanciales a su propia identidad. Pero sea consciente del impacto que producen sus comportamientos e intente cambiar los que sean necesarios. Para ello, contará con la ayuda impagable de su mejor aliada: la voluntad. Felices vacaciones y buena suerte.