Lo que nunca falla es ser uno mismoIt is not that the person works more, but do it better.

¡Bienvenido a mi página web!

El sitio que estás visitando cumple un viejo sueño de reunir ideas, opiniones y contenidos que he ido desarrollando y publicando a lo largo mi carrera profesional, dedicada a la gestión y el desarrollo de personas en las organizaciones.

Me encantaría que encontraras en estas páginas algunos elementos para la reflexión o el análisis que te resultaran útiles o inspiradores, en aspectos como el liderazgo, el desarrollo del talento, la cultura corporativa o las relaciones humanas dentro de las organizaciones.

En el apartado “artículos” se recopilan la mayor parte de los que he publicado en distintos medios de comunicación que, como verás, están dedicados especialmente a la dimensión humana en la empresa, que es la que termina inclinando la balanza y creando la diferencia.

Muchas gracias por tu visita y un cordial saludo.

Plácido Fajardo

 

HIGHLIGHTS
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Atentamente,
Plácido Fajardo

¿Es una falacia la meritocracia?

Algunos autores atribuyen a la República de Platón el origen de la meritocracia, cuando afirmaba que debería dirigir la sociedad una élite intelectual “que tenga la capacidad de pensar más profundamente, ver con más claridad y gobernar con más justicia que nadie”. La China de Confucio, la Serenissima Venecia y la Francia de Napoleón perseveraron en esta encomiable idea al elegir a sus gobernantes en función de sus habilidades, méritos y esfuerzo.

Siglos más tarde, la sustitución progresiva de la aristocracia por la meritocracia supuso un avance notable en las sociedades modernas. Ya fuera en entornos públicos o privados, se trataba de elegir a los mejores mediante la valoración de sus capacidades y de su esfuerzo por desarrollarlas y aplicarlas, sin importar la clase social de procedencia, el credo, la etnia o el género.

Pero la cosa no es tan sencilla y tiene sus detractores. Una de las críticas alude a la falta de igualdad de oportunidades reales a la hora de desarrollar el potencial y competir en buena lid, lo que viene condicionado a menudo por circunstancias sociales y económicas de origen, por no hablar del limitado acceso a la educación de máxima calidad. Lo afirma así el aclamado profesor de Harvard Michael Sandel en su libro La tiranía de la meritocracia, un ideal que resulta atractivo, pero al que considera de difícil realización práctica.

Desde otros postulados, se critica que la obtención de resultados, aun producidos mediante la inteligencia y el esfuerzo —medidos con criterios discutibles, eso sí—, supone una acumulación desigual de la riqueza, al tiempo que fomenta un exceso de agresividad competitiva en las sociedades. “La división entre ganadores y perdedores ha envenenado la política y nos ha separado, lo que tiene que ver en parte con las crecientes desigualdades de las últimas décadas”, dice Sandel.

Insiste en ello Adrian Wooldridge, editor político de The Economist, para quien “las economías avanzadas de hoy adoptaron la meritocracia como su principio rector hasta permitir a los meritócratas exitosos que manipularan sus sistemas, creando focos de resentimiento e ira en los ciudadanos”. En su recién publicado The Aristocrazy of Talent, indica que “fue esta frustración la que impulsó a Donald Trump a la Casa Blanca y sacó al Reino Unido de la UE”.

Hay quien destaca su pretendido carácter poco democrático, al suponer una especie de jerarquía de los mejores, que tiende a perpetuarse en el tiempo y a autoprotegerse, en una especie de coto cerrado. Ello provoca que el pueblo se alce frente a la elite de los “elegidos para la gloria” —como en el título de aquella película—, lo que termina por alentar a los populismos

En nuestro país, la meritocracia en la educación está en la picota. Se buscan fórmulas para reducir el fracaso escolar, aderezadas con un cierto adoctrinamiento, según parece. Nos debatimos entre la necesidad de fomentar el esfuerzo e incentivar el mérito para conseguir el aprendizaje, según propugnan unos, y la de minimizar al mismo tiempo las consecuencias del bajo rendimiento, según otros.

Estos últimos tratan de dulcificar los efectos de quienes rinden o se esfuerzan menos, mostrándose permisivos con los estudiantes más flojos, en aras de un igualitarismo tan poco diferenciador como nada estimulante para los más aplicados. Si la educación es la mejor aliada para aumentar la igualdad de oportunidades, más valdría elevar el listón de la exigencia en lugar de bajarlo para fomentar, en última instancia, la mediocridad.

Si hablamos de las empresas, las mejores de ellas implantaron hace muchos años los sistemas basados en el meritaje para tomar las principales decisiones de contratación, promoción, retribución, etc., de sus profesionales. Es cierto que los criterios para determinar el mérito son a menudo objeto de controversia, y, por ello, se van actualizando con el fin de adaptarse mejor a las circunstancias del momento. Es admisible que se le pueda acusar de subjetiva y habrá a quien le parezca elitista —bendita sea la élite, si es la del talento, pienso—. Pero, a pesar de sus imperfecciones, no tengo dudas de que siempre será infinitamente más deseable que basar las decisiones sobre las personas en el capricho y la arbitrariedad.

La impaciencia,amenaza para la carrera profesional

El final del verano nos va devolviendo a una rutina que comienza a parecerse a la de siempre. Nos queda un tiempo de mascarillas, prudencia y vacunaciones recurrentes por delante. Pero si algo marca el retorno a la casi normalidad es el regreso físico a la oficina aderezado, eso sí, con fórmulas híbridas variopintas de teletrabajo.

Aquel fatídico marzo de 2020 frenó en seco o abortó bastantes cosas en nuestras vidas.  Parón de inversiones y nuevos negocios, recortes de empleo, congelación de oportunidades de promoción y crecimiento profesional fueron moneda común, seguidos de un sentimiento de tiempo perdido o malgastado. Una inevitable sensación de que nos han usurpado unos valiosos años de nuestras vidas, que se nos han escurrido como el agua entre las manos.

Ahora que la recuperación va tomando impulso aupada por el consumo -ese 2% de crecimiento estimado del PIB trimestral es esperanzador-, la reacción lógica es la de acelerar planes y decisiones para recuperar el tiempo. Pronto será el momento de retomar aquel viaje que no hicimos, gastar parte de lo ahorrado, invertir en aquello que retrasamos o emprender el negocio que ideamos.

En las carreras profesionales ocurre algo parecido, sentimos haber estado bloqueados, sin apenas oportunidades de progresar dentro o fuera. La frecuente congelación de contrataciones, de promociones y de subidas salariales han aumentado esta sensación de estancamiento.

Ante esta tesitura, una reacción comprensible y humana es la pendular, o sea, irse al otro extremo. La mejor manera de compensar el atasco pasado es acelerar a tope ahora que la carretera se despeja. Actuamos bajo una sensación de urgencia generada de forma inconsciente, a base de repetir un pensamiento de frustración y bloqueo que nos ha perseguido durante los duros meses de pandemia. Liberados de la opresión, aflora nuestra impaciencia y pueden venir los problemas. Guiados por ella, podemos asumir riesgos excesivos y tomar decisiones precipitadas. Mucho mejor que yo lo expresaba Franz Kafka, para quien “todos los errores humanos son fruto de la impaciencia, interrupción prematura de un proceso ordenado, obstáculo artificial levantado alrededor de una realidad artificial”.

Si tantos procesos y actividades se han retrasado como consecuencia de la pandemia, parece lógico que también se retrase el proceso que supone una carrera profesional, ¿no creen? Hace años escribí en estas mismas páginas mis ideas sobre los ciclos profesionales, esos periodos de tiempo en los que asumimos un mismo puesto, con un contenido similar y un ámbito de gestión y responsabilidades casi iguales. Estos periodos duran entre tres años en el comienzo de la carrera, y cinco años en la fase de consolidación. En condiciones normales, a partir de esos años la curva de aprendizaje comienza a descender, hasta que un cambio relevante la vuelve a impulsar hacia arriba -nuevo puesto, nuevas funciones, cambio de sector, de geografía, de empresa…-

Pero las condiciones en las que estamos distan mucho de ser normales. No pasa nada porque los ciclos profesionales se hayan alterado como consecuencia de la pandemia, alargándose en muchos casos. Si los planes de negocio se han retrasado, parece bastante lógico que se hayan retrasado también las oportunidades de carrera para quienes han de ponerlos en práctica. Es una pura consecuencia de sentido común. Así es que mi primer mensaje es: tranquilidad.

Además, el tiempo que hemos vivido ha supuesto para todos nosotros un notable aprendizaje. No ha sido tiempo tan perdido como algunos pueden pensar. Hemos experimentado y aprendido de lo lindo. Hemos estrechado el vínculo con nuestra amiga la tecnología, inseparable compañera. Hemos digitalizado muchos de nuestros procesos y los hemos convertido en más eficientes. Hemos aprendido a comunicarnos de otra forma y sabemos bien las ventajas e inconvenientes de trabajar en remoto de forma intensiva. Hemos conciliado nuestra vida personal y profesional como nunca lo hicimos.

Y también nos hemos humanizado mucho más, preocupado de verdad por la salud de nuestros compañeros y colaboradores. Hemos puesto las prioridades donde deben estar, en la salud y el bienestar como bases para la motivación y el rendimiento. Por tanto, mi segundo mensaje es que la curva de aprendizaje de cada profesional ha seguido subiendo durante este par de años. Aunque lo haya hecho de otra manera y por distintos motivos de los habituales, estos son igualmente enriquecedores desde el punto de vista integral.

No tenemos tantos motivos para caer en la tentación de la impaciencia. El crecimiento profesional es un proceso lento, que requiere años para su maduración y plenitud. Situaciones como las que hemos vivido -que siguen ahí, aunque menos amenazantes-, invitan a acelerar y a actuar por impulsos para no quedarse atrás. Hay que resistir la tentación, medir los tiempos con ponderación y no tomar decisiones precipitadas.

De momento, parece que no se acaba el mundo. Sé que aconsejar tener paciencia, mi tercer mensaje, no es algo demasiado popular en estos tiempos de la inmediatez. Pero tener paciencia no significa estar cruzados de brazos mientras la providencia elabora nuestro futuro. Se trata de aceptar activamente, en palabras del escritor Ray Davis, “el proceso necesario para obtener tus metas y sueños”.

¿Qué nos va a pasar?

Un clásico de cualquier verano que se precie son los reencuentros, las reuniones en buena compañía, sin más pretensión que disfrutar de la vida en la estación del ocio. Este año tendremos más ganas que nunca, cuando comenzamos a dejar atrás un mal sueño, más bien pesadilla. Saldremos en estampida, como en los felices años 20, dicen algunos, o como la gaseosa al quitar el tapón, según otros.

Sea como sea, algo nos dice que nunca nada volverá a ser como antes. El haber cambiado tantas cosas en tan poco tiempo en nuestro trabajo, en nuestros hábitos, en nuestras relaciones, nos deja una sensación parecida a aquella que expresaba Neruda en sus inolvidables versos, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.    

Cada verano nuestro apunte de liderazgo pretende invitar a la reflexión en el tiempo propicio por antonomasia. Ahora que vamos sabiendo algo mejor lo que nos ha pasado -aunque aún con incógnitas-, cuando ya hemos visto las reacciones de los gobiernos y las primeras consecuencias en la economía, en las empresas y en la sociedad, lo que todos buscamos son respuestas de futuro, mirando hacia adelante: ¿qué nos va a pasar?

Recibimos un bombardeo de pronósticos desde diversas fuentes, más o menos creíbles. Líderes empresariales y directivos, gurús del pensamiento o expertos académicos emiten opiniones que tratan de imaginar lo se que nos viene encima. Se lanzan encuestas y recaban impresiones que aporten luz, por si la opinión mayoritaria fuera la certera, o al menos para compartir solidariamente la angustia de la incertidumbre. Cómo será el mundo post-covid, el trabajo post-covid, el liderazgo post-covid, el consumo o, simplemente, la vida después de la pandemia. Cuáles serán los efectos de la montaña de deuda pública y privada acumulada y creciente. Cuánto penalizará la temida inflación el crecimiento económico. Cómo de frágil será la rápida recuperación.

Si nos centramos en la prioridad de lo económico, los más pesimistas darán la razón al reconocido inversionista Michael Burry -representado por Christian Bale en la película “The Big Short”-, quien adelantó en 2008 la hecatombe de la burbuja inmobiliaria y hace unos días advertía en Twitter sobre la burbuja especulativa de los mercados, la más grande de la historia en todas las cosas.

O al apodado Doctor Desastre por el New York Times, el famoso Nouriel Roubini, de la americana Stern Business School, adivino de la pasada crisis financiera, que afirma “se está preparando el escenario para la madre de las crisis de deuda”. Ninguna de las dos cosas parece ser nada buena.

En el otro lado tenemos el rápido crecimiento de muchas economías, con el consumo disparándose y la inversión encantada con los tipos bajos. La FED corrige al alza sus previsiones sobre PIB norteamericano hasta el 7% para este año y Janet Yellen, secretaria del Tesoro, resta importancia al aumento de la inflación, como fenómeno meramente temporal y transitorio.

En España, vivimos de la esperanza del maná de los Fondos Europeos para la reconstrucción, los famosos Next Generation, a los que nos referimos ya en el bar de la esquina con tanta familiaridad como cuando hablamos de la hipoteca de nuestra casa. Europa, sálvanos!

Si miramos a nuestra realidad cotidiana, nuestras previsiones de futuro no están basadas en profundos análisis y sesudas proyecciones de datos, sino en cosas mucho más mundanas. Para los empleados, el futuro de su empresa está reflejado en la cara que ven cada mañana a sus jefes. Lo que más les preocupa es el riesgo de perder su empleo -o la posibilidad de encontrarlo, si lo han perdido. Para los comerciantes y emprendedores, el futuro es vender más o vender cosas diferentes, físicamente o por internet.

Para los ciudadanos, se trata de tomar decisiones pospuestas, como casarse o divorciarse, tener hijos o cambiar de casa o de coche aprovechando los préstamos baratos. Para los más afortunados, decidir si continuar ahorrando tanto como durante la pandemia -record histórico-, o pegarse algunos caprichos. Probablemente, todos miremos al futuro de otra manera, con el  dilema de aprovechar el momento -carpe diem- que la vida son tres días, o dejar grano en el granero por si los agoreros acertaran o volviera otro bichito.

Acudir a los filósofos siempre me ha parecido una gran idea, pero en estos tiempos se convierte en imprescindible. Hace unos días leía en El Mundo la entrevista a uno de ellos, europeo de gran prestigio, el sefardí Edgar Morin al cumplir 100 años. Lo que me ha enseñado la vida, decía, es que “debemos esperar lo inesperado, aunque no podamos preverlo. La vida se basa en navegar por un océano de incertidumbre, con algunas islas de certeza. Todo lo que nos espera es imprevisible: el amor, el dolor, la enfermedad, el trabajo, las elecciones, la muerte. No debemos anestesiar la incertidumbre y la imprevisibilidad”.

Mi reflexión es de pura lógica. Hagamos todo lo que esté en nuestra mano por mejorar nuestra vida y, sobre todo, la de quienes nos rodean. Y asegurémonos de tomar las mejores decisiones pensando en el futuro que nos gustaría tener, aunque luego no sea el que tengamos. Creo que es la mejor manera de acercarnos a eso que entendemos de forma intuitiva como la felicidad.

Mientras tanto, pongamos el máximo empeño en envejecer con sabiduría, siguiendo algunas pautas impagables que han llevado a Morin a cumplir un siglo: “mantener la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, las responsabilidades de la edad adulta y, a medida que crecemos, aprovechar la experiencia de las edades anteriores”.

¿Qué nos va a pasar? Pues a lo mejor no hay que empeñarse en querer saberlo. Igual es más inteligente esforzarnos en desarrollar nuestra capacidad para adaptarnos y para tolerar la ambigüedad. En esperar con actitud abierta a que la vida nos sorprenda. Pero, de momento, lo que toca es el verano. Les deseo de corazón que ustedes lo disfruten.